★COMPLETA★
¿Saben lo que es ser un verdadero licántropo?
No es como lo narran...
La vida de un hombre lobo esta llena de dolor, angustia e ira...
La gente creía que era un asesino en serie, otros un animal salvaje como un lobo u oso enfurecido. L...
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Si el lobo aparece...
—No pude hacer nada... Nada... —susurraba entre dientes la joven agente de cabellos pelirrojos con un leve temblor en su voz. Aferraba con fuerza la mano de su compañero a medida que avanzaban por las oscuras y poco transitadas calles de Reikiavik en la creciente noche de luna llena.
Las noticias del eclipse habían llamado la atención de muchos ciudadanos invadiendo la curiosidad de sus espíritus. Sin embargo, el hecho de que múltiples patrullas custodiaban las calles y aceras del lugar, los había abstenido de salir a las calles para apreciar aquel raro fenómeno de la naturaleza. Para muchos, era lamentable que tal suceso debía de ser apreciado desde sus hogares. Pocos fueron los arriesgados a salir a los parques a esperar que la luna se coloreara de rojo, pues el perigeo carmesí comenzaría exactamente a las 9:43 p.m. y duraría exactamente una hora con nueve minutos, un tiempo relativamente anormal para los astrónomos cuando de eclipses se trataba. Iba a ser transmitido por múltiples cadenas de noticias y a la vez de radio, por lo que Hannes ya llevaba el aparato encendido, que por suerte no había sido aporreado por las balas.
Los comentarios emocionados del locutor eran innecesarios para la escena y Hannes había optado por bajarle el volumen mientras volvían a la estación. Víktor tenía listas las municiones de plata.
Era el tiempo de que la loba cayera.
Por otra parte, en lo profundo de la estepa nevada, Leena se arrastraba como un triste gusano por el suelo congelado exhalando pesados gruñidos más profundos que de costumbre. Irregulares nubes de aliento gélido escapaban de su boca a medida que los sonidos de quiebre eran como una sinfonía macabra en sus oídos. Ella comenzó a gritar y pegar alaridos de dolor, pues jamás había experimentado una agonía de ese estilo. Sentía que todo su cuerpo estaba en llamas, como si cada nervio, cada músculo, cada ligamento fuera colocado en una olla de agua hirviendo despertando hasta la más recóndita neurona de su cerebro y permitiendo que todas sus células aullaran de dolor. Sus manos se apretaban inútilmente contra la nieve, buscando apaciguar la combustión de su cuerpo con el frío de la misma. Sus uñas rompieron la carne de sus dedos, tornándose gruesas y negruzcas a la vez que las de sus pies golpeaban con fiereza la superficie gruesa de sus zapatos deportivos. Leena no perdió tiempo en quitárselos y ver cómo sus tendones estaban marcados en la piel de sus pies. Acto seguido, su boca se sintió extraña. El sabor cuproso de la sangre se había acentuado pero no solo la de sus víctimas, era la suya propia que se manifestaba ante los colmillos que se exponían a la luz de la luna. Sus dientes se afilaron como cuchillas y su respiración se volvió cansina y gruesa imitando el jadeo incesante de un cánido. La espalda se arqueó en una posición poco humana, permitiendo que las vértebras se marcaran en su piel y tomara un aspecto más famélico y enfermizo.
La tortura pareció apaciguarse, pues la transformación se detuvo de repente. Leena alzó la vista hacia la luna y observó su aperlado color. El lobo sabía que aún no era tiempo de liberar su poder total, solo debía de esperar pacientemente a que la monarca de la noche coloreara sus galas de rojo.