XXIII

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Se levantó con el cuello adolorido y los ojos llorosos mientras un débil haz de luz le hacía cosquillas en sus ojos. Hannes observó molesto al tumbado y identificó el pequeño tragaluz cubierto de una fina película de nieve. Aún estaba en el hospital, en las sillas del exterior de la habitación de su querida compañera.

Se podía ver el crepúsculo del amanecer por la ventana y aún no entraban los doctores o enfermeras a examinarla. “Que imprudencia la suya” pensaba Hannes restregándose las manos por el rostro conteniendo de nuevo las lágrimas de desesperación que ayer no logró derramar.

Dahl y los otros dos gendarmes ya se habían marchado. El primero bastante sorprendido y consternado debido a la fantasiosa historia que su capitán le había relatado acerca del asesino de la ciudad. El sargento se mostró poco convencido de sus palabras y su rostro de indiferencia lo indicaba a medida que Hannes contaba con énfasis lo investigado por él y sus compañeros. Un hombre lobo rondando por las calles y bosques de Reikiavik y que cada luna llena cobra una víctima para calmar su insaciable hambre.

Hannes comprendió que de seguro Dahl creía que había perdido la cabeza y de la misma manera el doctor Petrov, Veronika y el profesor Sanderson. Quizá lo hubiera cuestionado en su puesto superior pero se guardó las palabras. Incluso pudo haber dudado del inmenso respeto y admiración que le guardaba, expresado minutos antes del relato. Hannes se sintió afligido por aquello. Tenía demasiadas cosas sumergidas en la laguna mental.

Una enfermera emergió del pasillo seguida de dos hombres entrecanos. El primero Hannes logró reconocerlo de inmediato con su sonrisa pícara y su caminar desgarbado como su cómico amigo forense y el segundo, de una naciente barba gris y de gruesos lentes de marco de carey como el doctor a cargo de su compañera. Ambos conversaban siguiendo el rápido andar de la joven enfermera hasta la puerta blanca de la habitación.

Hannes y Víktor se saludaron con un fuerte abrazo de consuelo, admirados por el otro galeno que se limitó a fingir leer el historial médico de su paciente.

—Hermano, te ves terrible —aseguró Víktor admirando las profundas ojeras que coronaban su rostro—. ¿Has dormido algo?

—Casi nada —declaró Hannes tosiendo un poco—, no podía dejar de pensar en lo que sucedió. No quisiera pensar en que algo malo le suceda a Veronika.

Víktor entendió de inmediato a lo que su compañero le insinuaba. Solo se limitó a asentir con la cabeza al oír el clic del seguro de la puerta de la habitación y el posterior rechinido de la misma.

—Pasen por favor —dijo la enfermera desapareciendo en la oscuridad de la habitación.

La atmósfera era pesada y densa. Veronika se había despertado al fin aunque su aspecto y actitud eran los de otra persona.
Hannes quedó perplejo al verla ahí, inmóvil sobre la cama de pulcras sábanas, como un viejo muñeco de trapo rezagado en lo profundo del ático de una casa, cuando la niña dejó de jugar con el al crecer. La misma expresión triste y monótona dirigida hacia la opaca ventana a su lado derecho, como si le contara todo al magro paisaje con la mirada. Sus mejillas habían perdido el rosáceo color y sus pecas casi estaban incoloras. Sus ojos caídos en dolor y unos gruesos caminos de lágrimas se deslizaban por sus pómulos mientras la roja marca de sangre bajo el vendaje de sus heridas contrastaba con el frío color del lugar.
Hannes apenas la oía respirar y las intensas ganas de llorar volvieron. Petrov se mostró firme aunque su corazón flaqueara de empatía.
Era una escena que ambos jamás se imaginaron apreciar.

La mirada de la pelirroja se conectó por unos momentos con la de Hannes y se hablaron sin palabras. Él logro sentir su inmenso dolor aunque en lo más profundo de su ser logró escucharla con su melodiosa voz asegurando que todo estaría bien. Que todo volvería a ser como antes.

Teratos: Luna Roja (EDITANDO)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora