XXXVI

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Los días pasaron bastante lento

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Los días pasaron bastante lento. La habitación estaba cubierta de polvo y restos de hormigón. En la pared cercana a la cama destartalada había dos pequeños agujeritos hechos por el taladro del señor J. P. Donovan, el vecino de dos pisos abajo de Leena, un hombre amable y carpintero a quién Leena pidió ayuda bajo la excusa que quería colocar una repisa para poner retratos de su familia allí. Obviamente aquello era una mentira para solapar el hecho de que allí ella daría sus últimos suspiros de vida antes de colapsar.

Los tornillos ya estaban puestos, solo había que instalar las argollas para sostener las cadenas y aquello estaba listo. Leena volvería a pedir la ayuda del señor Donovan al día siguiente, pues un cansancio abrumador dominaba a la joven lobo y el hombre debía ir a su taller a terminar el pedido de una pajarera.
Leena decidió no desperdiciar quizá los últimos seis días que le quedaban antes de caer en el abismo del lobo y la locura y pues una caminata por la fría ciudad que la acogió en sus calles por más de un año no le haría mucho daño. Contemplaba a las personas que caminaban tranquilas por las aceras y los autos pasaban en marejada a sus anchas. Adornada con solo un suéter viejo y deshilachado, unos pantalones térmicos negros y unos deportivos que alguna vez fueron grises, Leena volvía a llamar la atención de las miradas que cruzaban a sus costados. Bajo el brazo llevaba un grueso libro de Biología y se encaminaba a devolverlo a la biblioteca.

El lugar estaba abarrotado de estudiantes universitarios quienes tenían sus narices clavadas en libros o movían sus lápices realizando cálculos matemáticos o anotando las palabras claves para recordar. El tiempo de exámenes se avecinaba y todos se hallaban inmersos en su zona, sin percatarse de la escuálida chica que entraba tímidamente al lugar. Su menuda figura se paseó por la gran cantidad de estantes ordenados en filas mientras una mirada curiosa se posó en su débil cuerpo y aguantó un respiro al verla. De inmediato se levantó de golpe haciendo chirriar la silla por detrás y ganándose miradas despectivas por parte de sus compañeros. Trató de seguirle la pista a la chica que aparecía y desaparecía entre la infinidad de estantes y aunque quería gritar a los vientos su nombre, este quedó inmerso en su garganta por respeto a los demás.

De todas maneras, no necesitó decirlo. Ella estaba de espaldas frente a él, dejando el pesado libro en su estante correspondiente.

—Leena... Me alegra que estés bien —dijo mientras sus labios se curvaban en una dulce sonrisa.

La chica de cabello negro volteó, dió un paso atrás y sonrió pero no de igual manera. Había un atisbo de miedo impregnado en sus facciones.
—Trav...yo —su voz amenazaba con cortarse mientras jugueteaba con los mechones salvajes de su cabello a modo de nerviosismo.

Travis se acercó a ella a pasos agigantados y, a la sorpresa de la joven lobo, depositó un beso en sus labios mientras sus manos enmarcaban su quijada y su cintura. Leena quedó más rígida que la madera en los primeros segundos hasta que la magia de sus labios le hizo efecto y volvió su cuerpo tan flácido como la goma y se dejaba llevar por los leves movimientos de los labios de su compañeros.

Teratos: Luna Roja (EDITANDO)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora