XLII

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El piso estaba bañado de un vibrante tono rojizo

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El piso estaba bañado de un vibrante tono rojizo. Un leve sollozo se oía desde el fondo de la sala, oculto entre las escasas sombras a la luz del día. Contemplaba con repulsión el bulto que yacía inmóvil sobre el suelo de la sala, con una apariencia vomitiva y digna de una verdadera pesadilla.
El peculiar sabor sobre su lengua era extasiante y a la vez asqueroso. Sus labios estaban agrietados y quebradizos, mientras el tono carmesí de la sangre los dotaba de un brillo sobrenatural así como sus nacientes caninos de lobo, presentes cuando perforaron sin problemas la tráquea de su víctima.
Su rostro estaba cubierto de la sangre de la mujer por medio de sus manos en un acto de arrepentimiento de lo que había hecho. ¿Por qué atacó a la mujer que se disponía a ayudarla? En un principio lo desconoció pero con el transcurrir de los minutos cayó en cuenta que eran los primeros indicios de lo que debía de esperar.

Estaba segura de que eso empeoraría. La humanidad la estaba abandonando poco a poco. Estaba rompiendo su crisálida y dejando en vista a su verdadera forma. Como una mariposa.
Una mariposa que se alimentaba de carne y sangre en vez de beber simple néctar.

Sus ojos tenían ese centelleo sobrenatural y sus manos lucían toscas; habían perdido su gracilidad humana para transformarse parcialmente en unas retorcidas garras y venosas. Le estaba carcomiendo por dentro el dolor que sentía en aquellos momentos. Sentía cada latido de las venas y arterias de sus manos y los rezagos de su transformación parcial la estaban golpeando por lo que dejó escapar un gruñido de dolor.

Jamás se había transformado sin sentir dolor ni de esa manera tan repentina. Era una señal de su macabra naturaleza bajo el eclipse de luna.

Leena se puso en pie y un gruñido gutural emanó de lo más profundo de su garganta. El lobo se había cansado de llorar por sus acciones y ahora era su momento. Otra vez, la joven humana estaba fuera de combate; era el turno del licántropo.
Las ideas de compasión que sentía por la mujer se habían desvanecido como la nieve en verano y el sentimiento de supervivencia le había golpeado con fuerza,  eliminando sus memorias y vestigios de humanidad.
Leena se acuclilló junto al cuerpo y con una mirada de indiferencia, apreció el rostro de sorpresa de la víctima, congelado en una pesadillezca mueca de horror y agonía al descubrir el afilado par de caninos perforando su cuello y arrebatando su vida.
La licántropo se había olvidado de quien era la culpa de su muerte y, siguiendo el instinto que dominaba en su totalidad su cuerpo, retomó los caminos que había dejado hace apenas varios minutos atrás y volvió a devorar la carne del cuerpo, ganando energías antes de que la luna llegase.

Era algo agridulce. Su mente gritaba por piedad mientras sus colmillos ansiaban más carne y sangre en su boca.
La carta reposaba sobre el escritorio en segundo plano con el sonido de fondo de un animal hambriento devorando un vil trozo de carne mientras gruñía cada vez que quería arrancar un músculo del hueso.

Al cabo de varios minutos, Leena se sintió satisfecha se incorporó y fue hasta el lavabo. Se contempló al espejo y vio al demonio que era. El monstruo con el que había convivido durante tanto tiempo se había fusionado con ella. De todas formas, era una parte importante de sí misma, una existencia que no era capaz de negar.
La sangre cubría casi todo su rostro haciendo el contraste de su rojo color con el primario de sus ojos mientras con dolor podía apreciar el reflejo del lobo; el cuál podía aceptar que era su reflejo.

Teratos: Luna Roja (EDITANDO)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora