XXII

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La luz de una luminaria amenzaba con disiparse mientras las penumbras siseaban ansiosas en conquistar la solitarias calles de la ciudad. Un perro amarrado soltó un aullido lastimero de hambre haciendo que todos los del sector se estremecieran escondidos bajo las sábanas. El can apreciaba con ojos caídos la calle mientras tironeaba de su cadena y movía con una pata su plato de comida. Aquel sonido de angustia solo incrementó su miedo hacia lo que podría ocurrir cada noche de la ciudad de Reikiavik.

Y entre tanto silencio, el feroz ruido de un motor acercándose obligó al can a callarse y observó como un auto de un verde oscuro iba a toda velocidad resollando y dejando una estela de esmog negro tras su paso.
La nieve se había detenido para la suerte del conductor, pues si hubiera continuado probablemente sufriría un grave accidente ante la calzada resbaladiza.
Dentro de la cabina, el capitán Jonsonn se secaba el sudor frío que bajaba por el puente de su nariz con la manga mientras sentía unas inmensas ganas de llorar. Maldecía una y otra vez para guardar la calma y pisaba el acelerador con aún más fuerza, acelerando su paso hacia el hospital donde estaba internada su querida compañera.

Tenía los dedos tensos sobre el volante mientras por una rendija de la ventana entraba un aire gélido que le resquebrajaba los labios ya casi morados mientras se estacionaba a una cuadra del hospital. No tenía más tiempo, necesitaba verla.

El lugar estaba en la absoluta soledad, solo dos enfermeras cruzaban de un lado para otro con unas cuantas medicinas y apuntes mientras el teléfono sobre el mostrador estaba descolgado. Al verle el rostro contraído de angustia a Hannes, una de ellas se acercó y preguntó a que paciente buscaba ya que el oficial no logró articular palabras claras debido a su nerviosismo.

—Busco a Veronika Reede —dijo con aspereza mientras se negaba a tomar asiento y le continuaban temblando las piernas de una mezcla de miedo y furia.

El semblante de la enfermera se tornó más angustiado y su boca permaneció en línea recta luego de articular palabra.
—Sígame, por favor.

Hannes notó como ella ponía una cara de congoja mientras se ponía frente a él y le indicaba la habitación donde la paciente se encontraba. Caminaron por unos cuantos pulcros pasillos de blancas baldosas y pequeños azulejos de decoración hasta que vió sentado en una de las tres sillas que se encontraba en el último pasillo a dos personas sentadas con la cabeza sostenida entre las manos y una de pie con el rostro enfurruñado. Los tres voltearon al notar la nueva presencia del lugar y lo primero que se apreció fueron los ojos enrojecidos de la oficial de cabellos ensortijados.

—¡¿Qué sucedió?! ¡¿Cómo se encuentra?! —las preguntas salieron de su boca como un camión a toda velocidad mientras era interrumpido por los sollozos de la joven. El chico de cabello como la paja sentado a su lado la rodeó con un brazo y la apegó a su cuerpo a modo de consuelo mientras evitaba la consternada mirada de su superior.

El sargento Dahl colocó ambas manos sobre los hombros de Hannes y dió su expresión más sólida y reconfortante, algo extraño en el rechoncho oficial de ojos caídos.
—Hannes, pido que te tranquilices. Veronika está estable, aunque aún está inconsciente. Ha perdido mucha sangre debido a sus heridas.

El capitán sintió como la sangre abandonaba su rostro al oír sus palabras.
—¿Heridas? ¡¿Qué pasó?!

Karl tuvo el coraje suficiente para alzar la vista de sus pies y enfrentarse al preocupado capitán en busca de respuestas. Tenía unas visibles ojeras bajos sus ojos y abrió la boca para articular palabra aunque solo un sonido ronco emanó de sus labios.

Hannes sintió que le cordura le abandonaba.
—¡Díganme de una maldita vez!  ¡¿Qué le sucedió a Veronika?! —gritó culminando con la mirada a Karl quien había vuelto a dirigir la mirada a las rendijas de las baldosas.

Teratos: Luna Roja (EDITANDO)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora