Capítulo 50. POCO COLABORADORA

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Comencé a retroceder mientras el avanzó en mi dirección, sus puños apretados a cada lado de su cuerpo, sus zancadas, grandes, fuertes y violentas lo acercaban más rápido a mí de lo que yo podía retroceder

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Comencé a retroceder mientras el avanzó en mi dirección, sus puños apretados a cada lado de su cuerpo, sus zancadas, grandes, fuertes y violentas lo acercaban más rápido a mí de lo que yo podía retroceder.

En un segundo me encontré corriendo. Primero con torpeza, mirando cada cierto tiempo detrás de mí. Algunos estudiantes caminaban hacia la salida, hablando de la celebración a la que iríamos mañana, para festejar que estábamos graduados. Me tropecé con algunos, que no entendían mi estado de pánico y solo me retrasaban en mi huida.

Volví a girarme y lo vi caminando entre los estudiantes, sus ojos negros nadaban dentro de su mirada enrojecida.

Lucía diabólico, él era el diablo mismo.

Los apartaba con violentos empujones, que me dejaron más que claro que no estaba aquí para dialogar, que mis respuestas audaces no me salvarían de esta.

Pensé en Rámses y Gabriel, tenían que salir de aquí tanto como yo. Cometí el error de correr dentro del Instituto, atrayéndolo hasta lo que más apreciaba, pero la seguridad de los brazos de Rámses me atraía hacía él. Me resbalé y caí, pero no perdí tiempo y me arrastré hasta que logré levantarme. Escuché cuando me llamó, pero no quise voltear, tenía miedo de ver su mano sujetándome.

El salón, donde minutos antes estaba presentando mi último examen estaba abierto, los estudiantes comenzaban a salir a cuenta gotas. La risa de Rámses retumbó en mis oídos y lo localicé entre las personas, riendo de algo que dijo su hermano. Grité su nombre en el momento en que el timbre anunció el fin de las clases; el grito de los estudiantes que celebraban, acalló mi grito de ayuda, de advertencia.

Sé que lo sintió, porque estoy segura de que yo lo hubiese sentido, Rámses alzó la vista buscándome entre la multitud, y su sonrisa se borró de su rostro en cuanto me vio. Pero no hubo tiempo a mas nada, me lancé a sus brazos y él me envolvió, empujé tratando de hacerlo retroceder, halé a Gabriel por la camisa desesperada, pero ninguno se movió lo suficiente, me miraban confundidos, hasta que por fin pude reunir un poco de mi voz y tartamudeando de puro terror logré decirles el motivo de mi pánico: «Stuart».

Los hermanos buscaron alrededor cuando un sonido estridente, muy distinto al timbre y rugido de algarabía de segundos antes, reverberó en cada espacio del instituto. Los estudiantes primero se paralizaron, luego gritaron, algunos corrieron, pero otros se lanzaron al piso.

Rámses me colocó a su espalda, y Gabriel se situó a su lado. Estaba temblando y no entendía por qué no nos íbamos.

¿Por qué no corremos?

No escuché más bulla, solo algunos sollozos, las espaldas anchas, fuertes y definidas de los hermanos O'Pherer me cubrían cuando me atreví a alzar la vista.

Frente a nosotros estaba parado Stuart, con un arma en su mano. No apuntaba a nadie, no hacía falta, la amenazaba quedaba más que clara. El ruido que escuché fue un disparo, uno que hizo él cuando entendió que pudimos escapar entre la multitud de estudiantes.

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