Capítulo 31

471 38 7
                                        

—¿Recuerdas la primera vez que pusiste tu brazo sobre mi hombro aquella tarde en el río? —pregunté recordando el momento, sonreí mirando su hermoso rostro

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

—¿Recuerdas la primera vez que pusiste tu brazo sobre mi hombro aquella tarde en el río? —pregunté recordando el momento, sonreí mirando su hermoso rostro.

—¿Cómo no hacerlo? Fue la primera vez que demostré uno de mis tan ocultos sentimientos. El cariño, la protección. Por primera vez en toda mi vida me preocupaba por alguien que no fuera yo. —mordí su labio inferior lentamente, cuando me incliné sobre él. —Amor ya lo hicimos más de cuatro veces, estás insaciable.

Me sonrojé ocultando mi rostro en su cuello, escuchando su risa. Joder, tenía tanta razón. Me sentía insaciable, nunca satisfecha de él, quería más y más.

—¿Te molesta? —salí de mi escondite y lo miré a los ojos.

Él negó: —¿Estás loca? Me siento en el jodido paraíso dentro tuyo, amor. Pero realmente estoy agotado. —hice una mueca que él notó. —Pero si quieres vamos a la quinta ronda. —dijo rápido.

Negué, de momento incómoda y avergonzada.
Desnuda tomé mi ropa y me levanté, se dió cuenta de mi estado ya que inmediatamente me tenía de nuevo contra la cama, sosteniéndome contra ella.

—¿Qué sucede, amor? —su mirada de preocupación me hizo sentir como una loca histérica adicta al sexo. Cosa que fue peor.

—Nada, solo quiero darme una chapuzón en la alberca. Mamá y papá ya deben de estar por llegar. —sin embargo, ante mi vaga excusa, él no me dejó ir en mi intento de huir.

—Mackenzie, me estás preocupando, mi vida. Dime qué sucede, haré lo que me pidas pero no me mortifiques con esa mirada en tu hermoso rostro. —suspiré, negando cansada.

—Ya Fabrizzio, joder. No me sucede nada, déjame ir. —murmuré molesta. Él ya bastante preocupado se alejó de mi, lo miré envolverse con una toalla y mirarme.

—Vale, entonces me bañaré contigo. —afirmó. Indignada me crucé de brazos, viendo como su atención se iba directo a mis desnudos senos.

—¿¡Fabrizzio,  puedes dejarme sola y ya!? —grité enojada. Su mirada se oscureció, y caminó en grandes zancadas hasta llegar a mi.

Tomó mi rostro entre sus manos y con marcada preocupación en su rostro me miró con tristes ojos: —Amor, hablando. Todo se soluciona hablando, mi vida. Dime qué sucede me estás preocupando. ¿Es porque no quise volverlo a hacer? Puedo hacerlo de nuevo, y todas las veces que quieras pero no te pongas así, mi niña.

Cerré mis ojos, aguantando la respiración por un momento.

—Me siento terrible, como si te estuviera obligando a tener sexo conmigo. —murmuré.

—El amor, mi vida. Tú y yo no tenemos sexo, hacemos el amor. —iba a seguir hablando pero lo detuve.

—Eso no dijiste cuando me follaste contra la pared... —riendo me calló con un beso.

El VendavalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora