[Tercera temporada de Ecos de amor]
Como el viento.
Lenta pero inexorablemente se va borrando recuerdos de sus vidas, poco a poco se hicieron neblina. El vendaval de las horas arrasó desde el tiempo cruel a la lucha contra sus demonios, despojó sus...
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Es realmente increíble ver como el tiempo se pasa volando, en un soplido se pasan los años, soplas las velas y la pequeña luz se apaga, junto con tu deseo.
Para cuándo la Navidad había vuelto un veintidós de diciembre miraba a mi alrededor y un suspiro se ahogaba en mi garganta, una sensación de plenitud se asentaba en mi pecho, y mirando a mi familia unida y feliz de nuevo, no pude evitar sentirme más dichosa.
Una eterna agonía se había posado en nuestras vidas, aquella oscuridad que nos cubrió con su manto, apagando todas la luces y esperanzas.
Observaba a mi mamá reír feliz de la vida mientras era abrazada por papá, ambos se sonreían y sus miradas se perdían en el uno con el otro, me seguía pareciendo impactante ver ese infinito amor postrado de rodillas en sus ojos, era como si no les importaba que el mundo explotase, pues ellos estaban juntos, y con solo eso, eran capaces de pasar intactos por la catástrofe más feroz de todas.
¿De eso se trataba el verdadero amor, no? De apoyarse incondicionalmente, de motivarse a superarse, de ayudarse a ser mejor, a crecer tanto física como mentalmente. El amor va más allá de un te quiero o un te amo, el amor son las acciones. Realmente ama, quién lo demuestra.
Un te amo puede ser la palabra más vacía del mundo si no habían sentimientos de por medio, si no estaba esa sensación de plenitud.
Con el tiempo me habia dado cuenta de que en nuestra generación el amor era tan bizarro. Todo se montaba al mundo del internet, pues habían personas que confundían un like, un mensaje, un comentario con amor. Todos se dedicaban a amarse mediante Internet, solo importaba si tu pareja subía una foto contigo o te respondía rápido un mensaje. ¿Era así el mundo de la civilización? Tristemente si.
Quizás por eso, se me hacia algo tan puro el amor de mis padres, dos seres que se habían dedicado a amarse en persona, que no les hizo falta un celular cuando estaban juntos, ya que eran tan felices que ni tiempo les quedaba de tomarse una foto.
¿La generación de mis abuelos? La mejor, era ese romance clásico, las flores, los corazones, las salidas. No era necesario el internet cuando podías estar con la persona que amas y amarla personalmente, no por una red social.
Reía mucho, cuando mis amigas me comentaban que ellas tenían siete tíos, hasta doce. Pero ahora se me hace tan lógico, los abuelos no desperdiciaron su vida sumergidos en el internet, ellos se dedicaron a amar a su pareja, y gozarla, si sabéis a lo que me refiero.
Mi vista se dirigía a Luis Rodolfo que conversaba con Nate, quién tenía al pequeño Noah en brazos. Se veía perdidamente hermoso, tan perfecto. Un hombre que era un caballero, un cavernícola, un malhumorado, un posesivo, un lunático, pero el más importante, un enamorado. Creía que eso era lo que me habia enamorado de Luis, su manera de ser tan chapada a la antigua. Como me consentía llevándome flores al trabajo, cuando me llevaba comida, cuando salíamos a citas, cuando me buscaba en donde estuviese, la manera en la que se preocupaba por mi.