Porque en la vida nunca bastaba, Gaspar creía conocer la felicidad plena junto a su novia, pero un día se da cuenta que nada de eso es real, anhela nuevamente esa libertad, ese deseo de volver a ser como antes. Dejando atrás una ciudad que lo vio na...
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CAPÍTULO 1
Gaspar Ferrada
Octubre de 2018
Justamente ese día estaba llegando tarde a todos lados, retrasó su llegada a la playa por el tráfico a la salida de Coquimbo, ahora era el regreso, que se había encontrado con un accidente en la rotonda, ahora corría subiendo las escaleras a su tercer piso, donde estaba su departamento. En el primer piso se había encontrado con doña Flora, la anciana del segundo piso que le pidió ayuda para llevar las bolsas, no se pudo negar, era una anciana. Y además dos veces le había regalado un rico pastel de choclo, y le apretaba las mejillas cada vez que podía. Solía provocar eso en las mujeres ancianas, y en las más jóvenes bueno, en ellas provocaba llevarlas a la cama. Simple.
Subió de dos en dos el último tramo de escaleras, cuando chocó con una mujer, lo supo por su aroma. Pero la escuchó maldecir, y Gaspar frunció el ceño, la miró hacia abajo, y se dio cuenta que había esparcido un batido encima de la camiseta y sus short.
-Oh, lo siento.- Dijo para disculparse de inmediato, pero la volvió a escuchar maldecir y sonrió. Entonces la tipa chica, le dio una mirada que lo congeló. No era sólo por la seriedad extrema, de la situación, era el color de sus ojos. Era un tono café claro, casi amarillo. Que jamás había visto.
- No le veo la gracia.- Le dijo ella, retrocedió y entró al departamento frente al suyo, se quedó boquiabierto, por unos segundos y continuó el camino.
Dejó la tabla de Surf en la entrada, y se metió de inmediato a la ducha. En menos de cinco minutos se había quitado la sal del cuerpo, y se vistió medio húmedo aún. Pero el tiempo lo ameritaba.
La camiseta blanca impoluta contrastaba con el tono dorado de su piel, al haber estado nadando esa tarde. Se esparció crema en los brazos, rostro y manos. Tomó su chaqueta y salió a toda velocidad, como por destino o casualidad, se encontró nuevamente con la chica de las escaleras. Ahora traía el pelo tomado, un vestido holgado y una chaqueta de jeans. Y unas converse. Achinó los ojos al llegar a las zapatillas. Esa chica no tenía idea de moda. Le hizo una media sonrisa, para simpatizar con ella, pero ella simplemente volvió la mirada y bajó apresurada las escaleras.
-Mujeres.- Refunfuñó Gaspar, siguiendo sus pasos, en dos segundos estaba a su lado, y volvió a sentir su aroma. Si algo podía rescatar de ella era su olor y los ojos. Nada más.
-¿Vives en ese departamento?- Preguntó ella sorprendiéndolo.
- Sí, hace un mes.- La vio fruncir más el ceño, y no dijo más. Salieron juntos del edificio de cinco pisos, que tenía apenas quince departamentos en total.
Como por instinto ella caminó más rápido para no ir a su lado, pero Gaspar rió por lo bajo y puso sus auriculares. Dos, y tres pasos más nuevamente estaba a su lado, sí, vaya que le agradó fastidiarla. La vio apretar los puños, fruncir el ceño y los labios. Pero como no contaba con el tiempo suficiente, caminó a prisa y la perdió de vista.