Porque en la vida nunca bastaba, Gaspar creía conocer la felicidad plena junto a su novia, pero un día se da cuenta que nada de eso es real, anhela nuevamente esa libertad, ese deseo de volver a ser como antes. Dejando atrás una ciudad que lo vio na...
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Gaspar Ferrada
Se despertó con el celular sonando a full, y Valentina a su lado sólo se movió para dejarlo levantarse, se le hinchó el corazón al verla relajada en su cama, habían pasado tantos días sin tocarse, sin besarse, que ahora no pensaba soltarla fácilmente, había estado tan ocupado con el trabajo, que había olvidado por completo lo que era estar con ella. Lamentaba no poder contarle todo lo que había pasado el día anterior, pero no podía hacer nada.
Encontrarse a la madre y el padrastro de Valentina, fuera de la empresa de su padre, le había paralizado, pero sin pensarlo se lanzó contra él, lamentablemente la mujer que se hacía llamar la madre de Valentina, se había lanzado también y provocó los arañazos en su cara, si no fuera por eso, nadie se hubiese percatado de la pelea, con eso llamaron la atención de los transeúntes y llamaron a los carabineros. Que lo tomaron detenido, para su lamento, ellos eran dos contra uno. Y dieron sus razones para quedar libres, y se rieron en su cara.
Nada odiaba más en ese momento, que no poder hacer mucho para cambiar aquello, hizo la denuncia, contando todo lo sucedido, un conocido de su padre, quedó de ayudarlo con la declaración y la enviaría en la tarde a la Policía de Investigaciones de La Serena. Se levantó fue a lavarse, se cambió ropa y Valentina seguía en la misma posición, se lanzó encima y le robó un beso.
-Gaspar... quítate y déjame dormir...- Se rió en su cuello y la besó ahí. Ella gimió pero siguió durmiendo.
-Que tengas una hermosa mañana, paso por ti a las doce. Me voy.- Le dijo sacando sus cosas, y meterlas en la mochila. De pronto como si hubiese despertado de golpe, vio que Valentina se sentó en la cama, y el pelo le caía en la cara, se largó a reír y susurró muerto de la risa.- Despiertas como lechuga, fresquita osita...
-Maldito.- Dijo ella tirándole a la cara un cojín.- Se tomó el pelo en un tomate en el alto de la cabeza, y le sonrió.- ¿por qué me miras así?
- Eres preciosa, osita.
-¿Me lo dirás todos los días?- Preguntó ella mirándolo risueña.
- ¿Quieres que te lo diga todos los días?- le preguntó ceñudo, fingiendo desinterés.
- Claro que sí, tonto... adoro cuando me dices cosas lindas...
- Me maldices y ahora me dices tonto... no es como si te estuvieras ganando los piropos, osita.
- Mira, osito, de algo estoy segura es que a ti te han dicho más veces que a mí tanta cosa linda...- aquello captó su atención y se sentó a su lado.
- Osita, no te subestimes, odio que te menosprecies, y claro que me han dicho cosas lindas, pero ahora de la única persona que deseo escuchar cosas lindas, son tuyas. De nadie más. Además no te olvides que pitufo siempre te decía cosas lindas... y Samuel...- Le tapó la boca con la mano, y sonrió.
- No digas más, que el pobre de pitufo tenía que decirme cosas lindas para compensar... tú sabes qué...- rieron ambos y ella volvió a hablar.- Y Samuel... es un pan de Dios...