Capítulo 24

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Londres - Siglo XIX

El día ha amanecido hermoso a pesar de la lluvia primaveral de anoche. Miro a Serena que está acurrucada a mi lado, durmiendo plácidamente, enrollada entre las sábanas de seda; siempre que la veo así me parece que es la más hermosa mezcla entre una niña inocente y una mujer llena de vida. Adoro su cabello dorado que brilla bajo los rayos solares y me encanta acariciar su piel suave y cálida.

Las dudas asaltan mi mente en este momento, debido a la conversación que sostuvo conmigo anoche, obligándome a recordar cosas del pasado que he luchado por olvidar, pero la entiendo, comprendo sus inquietudes y, quizás, sea oportuno tomar en cuenta su sugerencia. Se oía tan decidida.

Durante la tarde, la acompañé al jardín de las rosas que está debajo de nuestra ventana para que pudiera pintar el paisaje. Llevamos su atril y sus pinturas, colocándolo en el lugar que ella escogió, pues era el ángulo que deseaba plasmar. Entusiasmada, tiró líneas, mezcló colores, pintó el fondo y empezó a llenarlo de rosas rojas que relucían con viveza por los brillos y sombras que les daba. Era como magia. De un momento a otro, el lienzo en blanco se había transformado en un cuadro lleno de color y pasión. La observé largo rato, mientras ella se movía con gracia de un lado a otro, y su cuerpo giraba sobre su cintura estirando sus brazos para alcanzar los colores, dando toques sutiles, mientras colocaba tras su oreja los rebeldes mechones de cabello que volvían a tapar sus mejillas. Sonreí varias veces porque lo hacía por inercia, pero su gesto era tan encantador, cerrando sus ojos y ladeando sus labios, que no podía sacar la vista de ella. Mi corazón latía emocionado, lleno de vida otra vez, gracias a Serena, mi amada esposa. Estaba tan concentrado en lo que hacía, que no noté las nubes negras que se extendieron por el cielo, hasta que la brisa helada nos hizo temblar.

—Parece que va a llover —me dice con cara de preocupación.
—Tiene razón. La ayudo a entrar las cosas mejor.
—Está bien.

Serena sacó el lienzo con mucho cuidado y yo cargué el atril, caminando juntos a la sala de ensayo. Cuando regresamos por la caja de pintura, las primeras gotas de lluvia habían comenzado a caer con suavidad, por lo que pensé en correr para recoger lo que faltaba, pero ella se adelantó, caminando de forma lenta mirando la lluvia y las gotas que quedaban atrapadas en los pétalos de las rosas. Su imagen era increíblemente hechizadora. Sus cabellos que se habían humedecido ya, se apegaban a su piel, y ella sólo sonreía admirando la belleza de la naturaleza, hasta que comenzó a dar giros sobre si misma bajo la lluvia. Me sentí atraído a ella como si poseyera una fuerza enigmática que me obligara a tenerla entre mis brazos y sin pensar más, corrí hasta su lado, tomándola por la cintura, mirándola fijamente a sus ojos con todo el amor que sentía hacia ella. Serena se sorprendió un segundo, pero luego se hecho a reír, sosteniéndose de mi cuello, haciéndome girar con ella bajo la lluvia que aún caía de forma suave, contagiándome de su hermosa risa. Estoy seguro de que parecíamos unos locos, pero locos de amor.

Una inquietud se apoderó de mi mente en ese instante y la obligué a detenerse, apretándola contra mi cuerpo, por lo que ella me miró asombrada. Sus labios aún tenían gotas de lluvia y se parecían a los pétalos de las rosas... quería probarlos y ya no resistí. Me apoderé de su boca de forma desesperada, llevado por la locura que estábamos haciendo. Sus labios se movieron junto a los míos en una danza que cada día aprendíamos mejor, aún cuando siempre pareciera ser diferente. Mis manos se movieron sobre su vestido húmedo, apegándola aún más a mí con anhelo y, ¡oh, Dios!, podía sentir como su pecho subía y bajaba debido a la aceleración de su respiración, mientras seguía apoderándome de su aliento con mi beso, deslizándome por su boca profunda e intensamente.

—Da... rien... —me llamó entre algún segundo que la deje respirar.
—¿Si? —pregunté, aún cuando seguía dejando besos en sus labios.
—Deberíamos entrar... la lluvia... —me dijo visiblemente agitada por mi osada invasión.
—Fue usted quien se quedó aquí —repuse, dejando mi frente sobre la suya, mirándola a los ojos con profundidad. En verdad, estaba loco por ella.
—Es cierto... —reconoció, sonriendo tímidamente.
—Serena... usted es única y me siento tan privilegiado de que esté a mi lado.
—Yo... yo no soy especial, sólo tuve la maravillosa suerte de cruzarme en su camino —respondió con un dejo de tristeza que me alertó de inmediato.
—¿En verdad no sabe lo encantadora que es? —pregunté con asombro. Era extraño que la lluvia no fuera un impedimento para mantener ese conversación, al contrario, era un perfecto aliciente—. Desde que la vi quedé prendado de sus ojos celestes tan llenos de vida. Serena... usted... no, ya no es correcto que la trate de "usted" como si fuera una desconocida —corregí mis palabras, y ella abrió sus ojos llena de impresión—. Serena, tú... me gustas, me fascinas, te amo y te... deseo...
—Darien... yo... ¡Oh, Dios! Usted es maravilloso —me dice saltando a mi cuello, envolviéndome con sus brazos—. ¿También puedo?
—Si quieres...
—Te amo —me susurra al oído y siento como un cosquilleo baja por mi espalda, erizándome por completo a su paso—. Te amé desde el día que te escuché tocar y tus ojos se clavaron en los míos. Darien Chiba eras mi sueño y ahora eres mi dueño...

Atada a tíHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora