Capítulo 35

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Londres - Siglo XIX

Ya perdí la cuenta de cuantas vueltas me he dado por la sala, pero sigo caminando de un lado a otro, deteniendome sólo para mirar el enorme reloj de pared que me muestra que es casi medianoche y Darien aún no regresa. Mi corazón se acelera, comenzando a dolerme el pecho de la angustia... presiento que algo malo sucedió, estoy casi segura, por lo que caigo al suelo de rodillas ante la sola posibilidad de que todo haya salido mal.

Oh, Dios mío, cuida a mi esposo, que nada malo suceda, ruego entre las lágrimas que comienzan a brotar.

Justo en ese momento entra Luna con una bandeja que deja sobre una mesa para ayudarme a ponerme de pie.

—Mi niña, no sufra tanto. Dios protegerá a su esposo. Las malas noticias llegan más rápido que las buenas, si hubiera sucedido algo malo, ya lo sabríamos —me dice, acariciando mi cabeza que reposa sobre su pecho protector.
—Gracias, Luna, siempre has sido como una madre para mi.
—Pero, usted ya tiene una madre. Debería hacer las pases con ella.
—No lo sé. Tengo demasiados problemas en este momento para pensar en ella.
—La entiendo, pero al menos piénselo. Mire, le traje un té de hierbas para que se tranquilice. Verá que después de tomarlo se sentirá mejor.

Ella se dirige hacia la bandeja y vuelve con la taza que humea, mientras un aroma dulzón sale de aquel líquido. La tomo con anhelo, esperando que tranquilice un poco mi corazón agitado. Entonces, Luna se retira a sus aposentos, diciéndome antes de salir de la sala, que puedo despertarla para cualquier cosa que necesite.

Después de su salida, ya no hay nadie más en pie en la casa, todos los demás están dormidos, soy la única que sabe que Darien está afuera, en posible peligro y estoy a punto de salir en su búsqueda, ya que la incertidumbre es demasiada para soportarla sin hacer nada. Estoy poniéndome mi abrigo cuando oigo que tocan la puerta, primero suavemente, para luego comenzar a golpear con insistencia y más fuerza. ¿Será Darien?

Me abalanzo a la entrada, sacando los seguros de la puerta principal, demorándome más de la cuenta debido a mi nerviosismo, pues mis manos tiemblan sin que pueda controlarlas, hasta que al fin puedo abrir, reteniendo la respiración al no ver a Darien afuera, sino que en su lugar está el detective con cara de malas noticias. Por favor, Dios... por favor... que no sea lo que estoy pensando...

—Vizcondesa...
—Sir... Haruka... ¿qué sucedió? —preguntó con angustia. Mis manos han comenzado a sudar y un escalofrío recorre mi columna de sólo suponer que es algo malo, muy malo debido a la cara ansiosa del investigador. De pronto, mis ojos notan que sus guantes están manchados de ¿sangre? La luz del farol no me permite ver bien, pero estoy segura de que es así—. No... no, por favor —digo, poniendo mis manos sobre mi boca para ahogar el grito desesperado que quiere salir de mis pulmones.
—Lady Serena, por favor, cálmese primero —dice, intentando alcanzar una de mis manos, pero lo esquivo, saliendo de la casa, intentando buscar el paradero de Darien en algún lugar del jardín. Quizás se atrasó y está a punto de entrar al patio, pero no lo veo por ningún lado aumentando mi miedo. Me giro otra vez en su dirección y camino hacia él, tomándolo bruscamente por la camisa, totalmente desesperada.
—¡Dígame! ¿Qué sucedió? —suplico.
—Debe estar tranquila, el vizconde está bien, pero está en la casa de un médico de confianza en este momento.
—¡¿Médico?! —repito horrorizada por lo que eso implica—. ¿Le pasó algo?
—Lamentablemente... creo que era una trampa, pero su esposo está bien. Vine a buscarla para llevarla a su lado —me dice, acercando su mano para acariciarme, pero yo me aparto rápidamente, pues no considero que eso sea prudente, menos en esta situación.
—¿Una trampa? ¿Diamante sabía que Darien estaría ahí? —inquiero molesta de que él, que tanto alardea de ser un excelente detective, se dejara engañar de ese manera tan fácil.
—No... por supuesto que Diamante no lo sabía —me responde de inmediato, anteponiéndose a la situación—. Creo... creo que era una trampa para Neflyte. Era a él a quien querían eliminar, no a Darien. Lo nuestro solo fue un suceso imprevisto, estábamos en el lugar equivocado en el momento erróneo. Lo siento mucho.
—¿Cómo está Darien?
—Es mejor que venga conmigo. Ahí lo verá usted misma.
—Pero...
—No se preocupe. Está esperando por usted.
—¿Está esperándome? —consulto esperanzada de que no sea algo grave.
—Sí. ¿Podemos ir?
—Por supuesto.

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