Capítulo 38

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Londres - Siglo XIX

Miro a los ojos a Serena, intentando convencerla de mi locura y mi deseo, pero ella se sonroja aún más al sentirse acorralada entre mi cuerpo y la antigua cómoda de la posada donde nos detuvimos a almorzar. Sin previo aviso la tomo por la cintura y la subo al mueble, a la vez que ella intenta zafarse sin mayor resultado, quedando sentada sobre su gran vestido aún puesto. Sin permitirle reclamar, me adueño de su deliciosa boca, que me ha venido tentando todo el camino, mirándola mientras habla o simplemente cuando está observando el camino, apretando sus labios o mordiéndolos, sin darse cuenta de lo que ha encendido en mi.

-Por favor... Darien... detente -me suplica entre suspiros en el segundo que dejo de besarla en sus labios, para bajar por su exquisita piel, hacia su cuello, donde no pienso quedarme mucho tiempo.
-No puedo... -le respondo, tirando un poco las cintas de su vestido-... y no quiero...
-Nos... escucharán...
-¿Quién? Además... -digo, habiendo liberado sólo la parte que me interesa de su cuerpo en este momento-... no importa -susurro, enterrando mi rostro entre sus pechos liberados.
-Da... rien... esto... esto no está bien... -insiste, jadeando debido al placer que ya está apoderándose de su cuerpo ante mis caricias descaradas.
-¿Por qué? -interrogo, mientras mis dedos ya se deslizan por su piel, erizando todo a su paso, a la vez que vuelvo a sus labios, deseoso de beber de su néctar.
-Esto es... lujuria...
-Sí, Serena... eso es lo que provocas en mi...
-¡No! -grita, asustada, apartándome con su manos sobre mis hombros, sin lograr separarnos mucho.
-¿Qué sucede?
-Eso es... eso es un... pecado... -revela sus pensamientos muy asustada, intentando ordenar su vestido.
-¿Pecado? Serena... eres mi esposa... además...
-Es un pecado capital... no tendremos perdón de Dios, Darien...
-¿De qué hablas? ¿Quien te dijo esas cosas? -consulto curioso, aunque no le permito arrancar de mi.
-Todos lo saben. Los pecados capitales son imperdonables.
-Pero, nosotros estamos unidos bajo un vínculo sagrado, Serena, esto no es pecado.
-La lujuria es pecado...
-Pero este tipo de lujuria no...
-Estamos en un lugar público... hay personas esperándonos, todos podrían escuchar lo que estamos haciendo... esta lujuria no es perdonable -enumera, tapándose la cara llena de vergüenza.
-Serena... -la llamo, tomando sus manos, para ver sus ojos de forma directa-. No haré nada que tú no quieras, pero...

Ver sus mejillas sonrojadas debido a mis acciones, sus labios levemente divididos e inflamados por mis atrevidos besos, sus cabellos un poco desordenados por mis dedos que se habían enredado en ellos y el escote de su vestido a medio camino sobre sus pechos, son una imagen que no me ayuda mucho a detenerme, inclinándome sobre ella una vez más para apoderarme de sus labios que van cediendo poco a poco a mi intromisión, separándose para recibir mi lengua que se mueve contra la suya hasta hacerla suspirar, lo que la obliga a dejar caer su cabeza hacia atrás en busca de oxígeno y sosiego. Su respiración agitada se evidencia en el subir y bajar de su pecho que se expone cada vez más a mis dedos que ya se han apoderado de su cuerpo, acariciando, masajeando y apretando sus deliciosas curvas.

-¡Oh, Serena! Eres... perfecta... -susurro con mis labios sobre su piel.
-Darien... -musita suavemente, encendiendo aún más mis deseos.

Mis manos dejan su trabajo para buscar la forma de subir aquella enorme falda que cubre sus hermosas piernas. Son demasiadas capas que se interponen en mi camino, hasta que al fin logro tocar la tersa piel de sus muslos, haciéndola estremecer. Muerde sus labios para silenciar los gemidos que amenazan por escapársele , cerrando sus ojos, a la vez que se aferra con fuerza a la orilla de la comoda, manteniendo su cabeza apoyada en la pared.

-Serena... quiero que seas mía... ahora... -digo en su oído con voz apenas audible.
-Yo... Oh, Darien...

Ya no hay vuelta atrás, mi cuerpo demanda el suyo con vehemencia y locura, no me importa el que dirán, ni las explicaciones que deberemos dar después, sólo anhelo que seamos uno después de tantos días sin ella, sin su esencia, sin su aroma, sin su piel apegada a la mía, sin su melodiosa voz agitada, sin su cuerpo fusionado con el mío...

Atada a tíDonde viven las historias. Descúbrelo ahora