—Buenas noches, soy Damien, el novio de Carol —dijo con una calma fingida, aunque en su voz se notaba un ligero temblor de nerviosismo. Había timidez en su mirada y, sin embargo, una calidez que me hizo olvidar por un momento dónde estaba. Sonrió. Esa sonrisa. Extendió su mano derecha para saludarme mientras, con la izquierda, sostenía un ramo de flores frescas cuyo aroma llenó el aire entre nosotros.
—Un placer. Yo soy su hermanastra, Gabriela. Pase, por favor —respondí, intentando que mi voz no delatara la inquietud que me atravesaba. Lo guié hasta la sala, donde, luego de saludar a mi hermana Chris, fue estrechando manos con el resto de la familia.
Lo observé de reojo, con esa discreción torpe de quien cree que nadie nota nada... hasta que sus ojos encontraron los míos. Fue un instante, apenas un cruce fugaz, pero me hizo apartar la mirada con un calor que me subió desde el cuello hasta la cara. Sentí la vergüenza latir en mis mejillas, mientras que él, con una risa suave apenas audible, me desarmaba aún más. Carol, absorta en la pantalla de su celular, ni siquiera levantó la vista.
No sé cuándo empezó, pero ese día lo sentí con una certeza aplastante: había algo en él que me arrastraba. Como si el mundo desapareciera y solo quedáramos los dos. Con el paso de las semanas, cada visita suya se volvió un motivo secreto de ansiedad. Lo veía cruzar la puerta y mi cuerpo se tensaba como si algo en mí ya lo estuviera esperando.
Hasta que una tarde cualquiera, el destino decidió burlarse de mí. Caminaba sola de regreso de la biblioteca cuando lo vi en la acera contraria. Iba apresurado, la chaqueta agitándose con el viento, el ceño ligeramente fruncido como alguien que intenta llegar a tiempo a un lugar importante. Sentí un golpe en el pecho. Era tan extraño: alegría y miedo mezclados con un deseo inexplicable.
Es ahora o nunca, pensé. Y por primera vez en mi vida, ignoré esa voz interna que siempre me pedía prudencia. Corrí tras él, olvidando la educación rígida que me habían enseñado en casa. Relajé el paso al acercarme para no parecer desesperada y, cuando estuve lo suficientemente cerca, toqué su hombro.
Se volteó con sorpresa.
—Hola, Damien —dije, y mi sonrisa salió sola, como si hubiera estado esperando años para pronunciar esas dos palabras.
—¿Gabriela? ¿Qué haces aquí? —sus ojos se iluminaron, y juro que ahí vi algo más que sorpresa.
—Pasaba por la biblioteca y te vi. Pensé en saludarte. —Mentí a medias. La biblioteca era mi refugio; usarla como excusa era lo más fácil.
—Justo iba a devolver unos libros —respondió, señalando con la barbilla los que llevaba en brazos.
—Entonces te acompaño —contesté, encogiéndome de hombros.
Comenzamos a caminar juntos, despacio, como si ese instante necesitara ser alargado.
—Sí... entonces es una cita —dijo de pronto, en tono de broma. Pero esas palabras quedaron suspendidas entre nosotros como algo más grande de lo que él pretendía. Tuve que apretar los labios para no sonreír demasiado.
Ese paseo, insignificante para cualquiera, cambió algo en mí. Descubrimos cuántas cosas teníamos en común: libros, películas, el gusto por el café demasiado fuerte. Y poco a poco, como si el destino tejiera una red invisible, Carol comenzó a pasar menos tiempo con él. Su último año de escuela la consumía, y esos espacios libres... se convirtieron en nuestros espacios. Nadie más lo sabía. Ni siquiera nosotros queríamos ponerle un nombre.
Pero el secreto, como todo deseo prohibido, ardía más cuanto más intentábamos ignorarlo.
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—Deja de mirarme así, fue una pequeña cortada —dije entre risas nerviosas, sujetando su mano mientras trataba de detener el sangrado. El cristal roto todavía estaba en el suelo; nuestras respiraciones agitadas llenaban el silencio.
—¿Así le llamas a un intento de homicidio con un vaso? —bromeó. Su tono era ligero, pero la forma en que me miraba no lo era.
—Qué sensible... —respondí con una voz burlona que salió más suave de lo que pretendía. Tomé su dedo ya vendado y, sin pensarlo, lo besé.
Ese gesto cambió todo.
Cuando levanté la mirada, sus ojos estaban anclados a los míos. No había más ruido, ni paredes, ni tiempo. Solo su boca a pocos centímetros de la mía. Mi corazón golpeaba tan fuerte que me dolía. ¿Qué está pasando? fue lo único que alcanzó a cruzar mi mente antes de que él se inclinara y me besara.
Fue como romper una presa. El aire salió de mis pulmones en un jadeo y las mariposas que siempre había sentido bajaron de mi estómago a un lugar mucho más profundo, mucho más prohibido. Sus labios eran cálidos, urgentes, y sin embargo suaves, como si tuvieran miedo de romperme. Ese beso no era un juego: era una confesión.
Y entonces la culpa me atravesó como una daga. Me aparté bruscamente, jadeando, con los labios húmedos y el corazón en llamas. Me levanté torpemente y salí de la habitación, sintiendo mis manos temblar, el labial corrido y el cabello desordenado. Me dejé caer en el pasillo, el frío del suelo tratando de apagar el incendio que llevaba dentro.
Él salió tras de mí y se sentó a mi lado. Sus hombros rozaron los míos, y ese simple contacto hizo que mis dedos se apretaran contra el suelo.
—¿Qué estamos haciendo, Damien? —mi voz se quebró en un susurro lleno de culpa.
Él no me miró de inmediato. Se pasó una mano por el cabello y luego bajó la voz como si me confesara un secreto que llevaba años guardado.
—Lo que queremos. Lo que siempre hemos querido.
No había arrepentimiento en su tono. Era deseo puro, honesto, casi desesperado. Y por primera vez me di cuenta de que no era solo yo. No era una fantasía mía. Él también había estado cayendo.
Lo miré de nuevo y, antes de pensarlo demasiado, fui yo quien rompió la distancia esta vez. Mi boca buscó la suya, y cuando nos encontramos de nuevo, ya no había espacio para la culpa. Solo para el hambre. Y así, sin planearlo, empezamos a ser mucho más que amigos.
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Mi Otra Yo
Fiksi RemajaConmigo se confirma el dicho de "Las apariencias engañan" pues soy una chica tranquila hasta que la puerta de mi habitación se cierra.
