Cómo si fuera una recompensa del cielo, Emir me invitó a salir con él y obviamente acepté.
En realidad, le dije que me viniera a buscar e hice un teatro.
Desperdiciamos más de hora y media en una mala adaptación de una excelente película clásica.
Salimos del metro, íbamos caminando por el paso inferior y de pronto yo, segura de mí, bella en mi vestido rojo, contenta con mi cita falsa, pero exitosa y básicamente encantada por Emir, me tropecé y me caí justo enfrente de sus ojos. Sentía dolor, vergüenza, miedo, ganas de reír y quería desaparecer. Pero de repente sentí sus brazos en mi cintura, me ayudó a levantarme, a limpiar la sangre de mis rodillas, me abrazó y me besó en la mejilla.
— Estúpido suelo que se interpuso en tu camino.
Admito que su pequeña broma me hizo sonreír y dejar a un lado el amargo incidente.
— El suelo me tiene envidia. — Le seguí el juego estúpido.
— Dalo por hecho. — Contestó.
Nos sentamos en un parque cómo en cualquier cita tradicional. Nos quedamos en silencio un momento a pesar de que ambos teníamos muchos temas de qué hablar. Él pensaba en algo y yo también. Me perdía en los pequeños detalles sin importancia que se toman en cuenta en los momentos perfectos, veía detenidamente como la luz del sol poniente aclaraba su cabello castaño y sus ojos.
Las nubes se arremolinaban en una liga singular de colores naranjas, amarillos, rosados y azules claros.
De repente nuestras miradas chocaron provocando risa en los dos.
— Oye, no me dijiste porqué querías salir de tu casa tan rápido. — Él propuso el tema del que me había olvidado o fingía olvidar por un momento.
— ¿Eso importa? — Buscaba evadir el tema, como si eso funcionara con Emir.
— Sabes que debo saber tus dramas, se supone que soy tu amigo. — Eso cree.
— Carol se casará. — No quise hacer larga la historia y por eso solo di un mensaje corto, pero muy informativo. ¿informativo? El chisme es informativo.
— ¿En serio? ¿Cómo pretendes que crea eso? — Negó con la cabeza y lo tomó con gracia.
— Es en serio. — Dije totalmente seria, nunca soy tan seria. De hecho, soy de las personas que se ríen en el momento más tenso.
— ¿De verdad? ¿Quién se casa a los 18?
— Carol. — Contesté lo obvio.
— Sí, pero eso no justifica que quieras salir desesperada de la casa. A menos... que haya una razón mayor.
— ¿Cómo cuál? — Mi mente apostaba contra sí misma, ¿Podrá adivinar o no?
— ¿De quién estás enamorada, del novio o de la novia? — Preguntó.
— ¿Qué dices? ¡No, me gusta Carol!
— ¡Te gusta el novio de Carol!
— ¿Me ves la cara de tener tal mal gusto? — Ese momento extraño en el que niegas a la persona que te gusta, pasa siempre.
— Es decir que él no es mi competencia.
— Nunca lo fue y nunca lo será.
— Así me gusta, siempre fiel a el de siempre. — Me miró alzando sus perfectas cejas curvadas
— No eres el de siempre, pero cada quien cree lo que quiere.
— ¿Quién más a parte de mí?
— Tal vez nadie. — Le dije al oído.
— Eso me gusta.
Ahora es ese extraño momento en el que una conversión cualquiera se trasforma en algo de mucho doble sentido.
Su mano tocando mi pierna produjo la misma reacción que haría un fósforo encendido cayendo lentamente hasta aterrizar sobre combustible.
— Emir, si lo quieres hacer solo dímelo, pero no me toques y te hagas el estúpido. — Dije como si se tratara de una broma.
— ¿A eso te refieres cuando dices que debo ser más directo?
— A eso y muchas cosas. — Contesté con suavidad.
— Sabes que esto no es sano.
— Emir, si te estás arrepintiendo...
— ¿Arrepentirme de ti? Jamás.
— Eso espero.
El deseo nos hizo pasar de estar a una distancia prudente a estar a menos de cinco centímetros, frente a frente conectando miradas y como suelen decir... sentía su respiración chocar contra mi cara. Solo faltaba el movimiento adecuado para que nuestros labios estuvieran juntos como tanto querían.
— ¿Gabriela? — Se escuchó detrás del banco y rápidamente volteé a mirar.
¡Genial! El padre de Carol estaba aquí.
— Hola. — Dije con una risa fingida.
— ¿Qué hacen aquí y que estaban haciendo?
— Nada, nada malo. Solo veía si tenía algo en el ojo.
— ¿Tu madre sabe que estás en este parque solitario a esta hora?
— Sí ¿A caso sabe ella que usted está aquí? Según lo que sé usted trabaja muy lejos de aquí
Me levanté del asiento y con una mirada dudosa pregunté.
— ¿Qué hace por aquí? — Analicé su rostro, estaba un poco nervioso como si pensara que decir. Crucé los brazos.
— No te equivocas. Trabajo muy lejos de aquí, pero estaba en casa de un viejo amigo.
Contestó con seriedad como si lo que decía era cierto.
— No sabía que tenía amigos. ¿Cómo se llama? — Pregunté con los ojos entrecerrados.
— Camilo. — Puse mi mano en mi frente.
Pude escuchar una pequeña risa de Emir.
— Usted no, su amigo.
— Se llama Camilo igual que yo.
— Qué raro.
— Raro, pero real. ¿Te vas conmigo o nos vemos en la casa?
— Adiós... Camilo.
Solo asintió con la cabeza y se marchó.
— ¿Y ese interrogatorio?
— No sé, hay algo raro.
— ¿Cómo qué?... Crees que tu mamá lo envió. — Agrego Emir.
— No. Si fuera así no lo habríamos visto, mama no sabía dónde íbamos a estar y no hay manera de que nos haya seguido porque se supone que estaba trabajando. En la cena lo sabré.
— ¿En la cena? Creí que íbamos a cenar juntos en mi casa sin nadie que nos molesté.
— Si vamos a cenar podemos hacerlo donde sea.
— No te dije el tipo de cena.
— Pero obviamente sé a qué te refieres. Debemos irnos.
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Mi Otra Yo
Novela JuvenilConmigo se confirma el dicho de "Las apariencias engañan" pues soy una chica tranquila hasta que la puerta de mi habitación se cierra.
