Escuchaba las risas desde mi habitación, las lágrimas se escurrían por mis mejillas y mojaban la almohada. Sabía que era ridículo, pero aun así seguía llorando, gracias cambios hormonales.
—Gabriela. —Mi mamá tocó la puerta y esperó que le respondiera. Me sequé las lágrimas, sacudí mi nariz en un pañuelo y cambié completamente mi cara de devastada.
—Alguien vino a visitarte. —Dijo en un tono casi cantando. No sé el porqué de tanto entusiasmo, sabía que era Rafaela porque ¿Quién más podría ser?
—Déjala que pase mamá. —Contesté un poco ronca.
La puerta se abrió y yo sin mirar dije —Hola, Rafaela.
—No sabía que ahora me llamaba así. — Conocía y no conocía la voz así que aparté mi vista del celular y casi preguntado dije.
—¿Emir? — Me senté en la cama casi no lo reconocía.
—Sí, soy yo. — Sonrió y se lanzó sobre mí para abrazarme, cuanta falta me hacían esos abrazos.
Me hizo recordar cuando éramos pequeños y jugábamos juntos hasta que la adolescencia atacó y todo fue un lío.
De vez en cuando confundimos nuestra amistad, nos tomábamos de las manos, nuestros abrazos eran más profundos y eso fue suficiente por un tiempo, aunque después empezamos a jugar de otras formas y nos besábamos a escondidas. No sabía si él sentía algo por mí y nunca se lo pregunté, sin embargo yo siempre estuve segura de que lo quería.
Nuestros padres eran muy amigos y no sospechaban nada, todo iba bien hasta que mamá se sintió sola y entonces conoció a Camilo así nos mudamos y por primera vez Emir y yo estuvimos separados.
Prometió que no me olvidaría y que a pesar de la distancia todo sería igual. Los primeros meses nos llamábamos y hablamos por horas, luego se olvidaban las llamadas, la época de los mensajes cortos y cuando encontró a su primera novia yo pasé al olvido.
Admito que me buscó, pero le pedí que no lo hiciera más, que la vida estaba dividida en etapas y que la de nuestra amistad había terminado. Fue uno de los peores días y eso que tuve muchos. La brisa barría las hojas, la calle estaba vacía y las gotas de agua empezaron a caer.
Me ardían los ojos, quería llorar y luché para que no se me escapara una lágrima.
Tres años en los que pensaba que lo había superado y olvidado ahora me doy cuenta de que solo estaba oculto.
—Te extrañé tanto, Gabriela. —Coloco mi mano derecha entre sus manos calientes y la sostuvo por un buen rato.
—¿Qué haces aquí? — Hice un movimiento para que soltara mi mano.
Exhaló —Sé que no querías verme otra vez, pero necesitaba confirmarlo y además tenía que decirte que... Nos acabamos de mudar, vivo a unas calles de aquí.
—Bien. —Dije sin ninguna emoción. En algunas ocasiones el pasado no se queda dónde debe estar y entonces se mezcla con el presente buscando tener futuro.
—Creí que estarías contenta. — Seremos los inseparables de antes.
—Es que perece que olvidaste todo lo que pasó.
—Gaby— Tocó mi mejilla. —Sé que te dejé sola, pero era un niño muy estúpido en ese entonces no sabía reconocer lo que realmente valía la pena y solo me guiaba por lo que a los demás le parecía lo mejor.
—Aún no estoy contenta contigo, que quede claro.
—Tendré que esforzarme, pero lo lograré.
—Ya veremos.
— Dead roses — Leyó un cartel que tenía en la pared— No me digas que estar lejos de mí te género traumas y vives en una constante depresión.
—Te crees mucho, Emir. —Rayos, me hizo reír de nuevo.
—Lo soy y nunca dejaré de serlo.
Estaba muy cerca de mí y se acercó más y plantó un beso en mi frente.
—Podemos volver a jugar como antes, pero te advierto que he cambiado.
—Ya no podemos hacerlo.
—No, es solo que no quiero que me temas.
—¿Por qué tendría que temer?
—Esta vez yo pongo las reglas y juego primero.
— Como quieras.
— ¿Tienes novia?
— ¿Es un impedimento para ti?
— Solo me interesa saber tu disponibilidad.
— ¿Crees que haría esto si tuviera novia?
— No lo sé, no te conozco.
— Esta vez no hay nadie más, solo tú... Yo. — Deslizó su mano por mi pierna y yo la retiré.
— La puerta esta abierta. —Le señalé para que viera.
— ¿Y qué? no somos tan desafortunados como para que justo ahora alguien pase por aquí y nos vea.
— Ni tampoco son tan estúpidos como para dejar la puerta abierta.—Dijo Damien asomándose por la puerta.
—Amigo, ni mi madre espía mis conversaciones. —Dijo Emir.
—¿Qué más puedes esperar? Es el novio de Carol. —Agregué.
—¿En serio, Carol tiene novio?
—Ese soy yo—Dijo orgulloso.
— Te compadezco... —Emir no sabía su nombre y esperó que el lo dijera.
—Damien, soy Damien. —Entró a la habitación y le dió la mano.
Genial, solo falta que se hagan mejores amigos y se junten para hablar mal de mí. A pesar de todo tenía algo bastante claro y es que bajo ninguna circunstancia le podemos contar nada de lo nuestro a Emir.
—¿Te quieres quedar con nosotros?
Hablé con Damien a través de la mirada indicándole que se fuera de la habitación.
—Tal vez otro día, ya me voy. —Me miró mientras contestaba y yo asentí con la cabeza. Salió de la habitación y me levanté para cerrar la puerta.
—¿En serio? Nos estaba espiando y a ti no se te ocurre una mejor idea que invitarlo.
—¿Qué, no te agrada tu cuñado?
—No, solo me es indiferente. —Contestaba sonriendo por dentro y que sabía que eso no era cierto.
Pensaba que este sería un reencuentro de esos en lo que las lágrimas son las protagonistas, pero creo que sucederá algo mejor.
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Mi Otra Yo
Teen FictionConmigo se confirma el dicho de "Las apariencias engañan" pues soy una chica tranquila hasta que la puerta de mi habitación se cierra.
