Vestido negro.💅🏾

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Los cubiertos chocaban contra los platos como pequeñas campanas metálicas, y las risas de mis tías retumbaban en mi cabeza hasta hacerse insoportables. Fingía reír con ellas, como si de verdad entendiera sus chistes o me importara su alegría. Todos parecíamos felices... una imagen perfecta de domingo en familia... hasta que la tía Irene abrió la boca. Ay, tía Irene.—¿Ya les había contado que Lesly es la estudiante más destacada de su escuela? —dijo con su tono de orgullo afilado, ese que usaba como cuchillo.Perfecto. Ahora todas van a competir por quién tiene el hijo más brillante.—Tía, lo dijiste cinco veces en el grupo familiar —respondió Carol con esa indiferencia insolente que siempre la caracterizaba. Tomó un trago de agua. Yo sonreí para mis adentros. Esto se va a poner bueno.—¿Te molesta que Lesly sea una joven inteligente y no sea como tú?Carol levantó la ceja, el gesto que precedía a sus ataques más venenosos.—Claro, si fumar yerba y comprar los trabajos es ser inteligente, entonces Lesly merece honores.—Lo dice la chica de la sobredosis —escupió la tía Mara en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que todos escucháramos.—¿Saben qué? —Carol dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco—. No me interesa compartir con ustedes, brujas.—No deberías estar aquí, no eres de la familia —añadió Irene, y la tensión se cortó como cristal quebrado.En segundos, la cena se volvió un campo de batalla. Voces elevadas, reproches de años escondidos y risas nerviosas flotando sobre el desastre. Mi madre intentaba poner orden, pero ya era inútil. Yo solo quería desaparecer. Entonces tuve una idea.—Mamá, iré a casa de Cassandra. Mañana tengo examen.—Puedes ir, pero tienes una hora y media.—Bien.Caminé por el pasillo hacia mi habitación con la cabeza baja, intentando ignorar el ruido. Fue entonces cuando escuché la voz de Carol detrás de la puerta entreabierta de su cuarto. Me detuve.—Todo esto es una mierda, Damien... —Su voz estaba rota. Como si hubiese estado llorando.—Trataré de calmarme, pero solo si te veo hoy. ¿Dónde nos veremos?Un silencio corto. Después, su tono cambió, más desesperado.—¿Qué? ¿Cómo que no puedes?—No... no, Damien. No quiero discutir. Olvídalo.Mis piernas se tensaron. Me escurrí hacia mi cuarto justo cuando escuché sus pasos acercarse a la puerta. ¿De qué demonios hablaban?Mi celular vibró en mi mochila. Lo saqué y el corazón me dio un vuelco: un mensaje de Damien. "Ven a mi casa."No dudé ni un segundo.⸻La puerta se abrió tras dos timbres. Damien estaba ahí, apoyado en el marco, tan serio que por un momento me sentí fuera de lugar. El aire era espeso, como si algo invisible nos rodeara.—Hola —murmuré.Él no contestó. Solo se hizo a un lado para dejarme pasar. Caminé dentro con una mezcla de expectativa y miedo. ¿Qué estaba pasando?Me incliné hacia él, buscando un beso, un gesto de complicidad. Pero giró el rostro. Sentí cómo el calor me subía a la cara y retrocedí un paso, luego otro, como si hubiera cruzado una línea que no debía.—¿Sucede algo, Damien? —pregunté, cruzándome de brazos para sostenerme.No respondió. Solo caminó hacia la cocina.Fui tras él casi sin pensar y lo rodeé por la espalda, hundiendo mi cara en su camisa. —¡Damien! —mi voz sonó más suplicante de lo que hubiera querido.Él seguía inmóvil.—¿Esto es por lo de esta mañana? —Mi voz se quebró—. No es porque seas el novio de Carolina. Es que... no lo sé. Simplemente no puedo. Ni siquiera sé para qué me llamaste.Me di la vuelta, ajusté la correa de mi bolso y avancé hacia la salida. Sentía los ojos arder.Entonces sus manos, frías y firmes, se cerraron en mi cintura. Una descarga eléctrica me recorrió. Sonreí sin querer. Me giró y, de repente, mi espalda chocó contra la pared. Su aliento tibio rozó mi cuello, y sus manos, sus manos bajaron a lugares donde no debían estar... pero donde yo no quería que se fueran.Mis dedos se aferraron a sus hombros, y cuando me levantó, instintivamente rodeé su cintura con mis piernas. El mundo desapareció en el pasillo de su casa. Me llevó hasta su habitación sin apartar sus labios de mi piel y me dejó caer sobre su cama.—Tengo algo para ti, Ela... —susurró. Abrió el armario y sacó un vestido negro corto y una malla del mismo tono.—¿Es en serio, Damien? ¿Cómo sabes si me gustará vestir así?Sonrió, esa sonrisa que me desarmaba.—Hay muchas cosas que no sé de ti... pero estoy seguro de que no te gusta vestir como te vistes.La frase me golpeó como una verdad que siempre había sabido. Yo no soy yo. Y con Damien lo descubrí.—Póntelo.—Sí, pero no quiero que me veas...—¿No quieres que vea lo que ya he tocado?—Qué atrevido... —dejé que bajara el cierre de mi vestido lentamente, como si desnudara algo más que mi cuerpo.—Tienes tres lunares en línea en la espalda... —Su voz era un roce—. ¿Ropa interior naranja? Primera vez que veo esto.—Me parece que has visto mucha ropa interior ajena.—Sí... y no te voy a mentir. ¿Y tú? ¿Te has enamorado de otros novios de tu hermana?—Pues... no. Tú eres el primero en toda mi vida.—Te has perdido de mucho por jugar a la hija perfecta.—Lo sé.Me acomodé las mallas y me miré al espejo. No era yo... o tal vez era la verdadera yo. Me encantaba esa desconocida que me devolvía la mirada.—Damien, mi amor... —La voz de Carol atravesó la casa como un cuchillo. Ambos nos quedamos helados.Agarré mi vestido y corrí al armario justo cuando Damien cerraba la puerta de la habitación.—Te llamé varias veces, pero no contestabas —dijo Carol.—No lo escuché —respondió él con una calma ensayada.El armario estaba oscuro, impregnado de su olor. Podría quedarme ahí eternamente. Me senté en el suelo frío, conteniendo la respiración. Escuché los pasos de Carol moverse por la habitación. Después, silencio. Un silencio asesino.—¿Damien... de quién son estos zapatos?

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