—No sé lo que creas. — indignada, se le planta desafiante. —Pero Marucha nunca ataca por la espalda, siempre de frente y sin ensañamiento. –separándose un poco de él, observa el lugar donde se encuentran. La penumbra le impide distinguir todo. Es como un enorme sótano abierto a numerosos salidas. — ¿Qué es esto? —indaga extrañada.
—Los pasadizos secretos de la casa. —camina hacia una mesa de madera rústica, sobre la cual hay muchos papeles y su computadora personal. —En el siglo pasado la familia los usó para esconderse e incluso huir de la dictadura. —se sienta y la invita a ver unos planos. —Fue construida sobre una serie de cuevas que atraviesan el Ávila, llegando hasta la costa. —los señala en el monitor. —El abuelo sufría delirios de persecución, los mantuvo ocultos para evadirse de sus enemigos. —hasta ahora consideró que se trataban de inventos suyos por su fértil imaginación. —Antes de la lectura del testamento guardaba la esperanza que se tratara de otra de sus jugarretas locas, y él seguía aquí vigilándonos. —sacude la cabeza, resignado. —Pero volviendo a nuestra preocupación actual. —indica las marcas hechas en la pantalla. —Después de regresar, he estado buscando a Samuel por los pasillos más cortos. —ilumina con la linterna, las cuerdas dejadas en las entradas como señal. —Estoy casi seguro que no pudieron sacarlo de la casa. —puntualiza optimista. —Me comentó que no le gustaba como lo trataban y le mostré la manera de recorrerla, sin ser visto. —recuerda triste, sus prolongadas pláticas. —También le pedí que si llegaba a sentirse abatido, solo, asustado o amenazado, se refugiara aquí. —explica su teoría. —Creo que salió corriendo para acá, pero luego el mismo pánico lo hizo perderse.
—¿Tratas de engañarme? —se niega a creerle.
—¿Para qué? -estudia los planos, sin levantar la cabeza.
—Para ganar tiempo y evitar que te delate.
—Tiempo, es lo menos que tenemos. —la apremia, sin dar importancia a sus veladas amenazas. —Por eso decidí traerte, apenas te vi. —muestra en la pantalla el sistema cerrado de televisión a través del cual se observan las distintas dependencias de la enorme mansión. —Entre los dos podemos abarcar más espacio, ahorrando tiempo. —le entrega una linterna, un rollo de cuerda, un casco con luz al frente, arneses, cordajes, anclajes, un radiotransmisor, un pito y copia de los planos. —El abuelo tenía almacenados víveres, agua y enseres para sobrevivir al menos tres meses encerrados, sin salir para nada. —por último le da un par de botas con suela de goma, más un morral para meter todo. —Espero, podamos encontrarlo cerca de alguno de esos depósitos. —se echa la cuerda y el morral al hombro, indicando: —Tú irás por...
—Donde yo misma escoja. —lo interrumpe desconfiada, señalando un túnel al azar. No quiere darle ninguna oportunidad de embaucarla.
—Como gustes. —elige otro pasaje. –Mantén la radio encendida, no camines mucho después de terminarse la cuerda, cuelga el pito a tu cuello. —se coloca el casco. —Ten mucho cuidado, el pasillo que elegiste es uno de los más escarpados. —advierte preocupado. —Está muy atenta, no vayas a resbalar y caer.
—No finjas que te importo. —termina de ponerse las botas, molesta por tantas indicaciones. Con deseos de perderlo de vista, le da la dándole, hundiéndose en la oscuridad.
A pesar de vivir añorándola, es la persona a quien menos espera ver entrar a su consultorio, al salir el último de sus pacientes.
—¡Jacky, mi amor! —extasiado, la mira boquiabierto como siempre. — ¿A qué debo este milagro?
—No me llames amor. —exige, dolida. Todavía no logra superar su traición. –Sabes de sobra a lo que vengo. —tratarlo con rudeza, es la mejor forma de mantenerlo apartado.
−A darme otra oportunidad, porque reconoces que aún sigues amándome. –afirma entre bromista y esperanzado.
—Deja las ridiculeces. — ¿hasta cuando insistirá en lo mismo? —Dime dónde tienes escondido a Alejandro o iré de inmediato a denunciarte por ser su cómplice.
—Ahora sí, enloqueciste. —intenta disimular para despistarla. No le sorprende su afirmación, es inteligente y sagaz. —No se nada de él. —miente por protegerlo, haciéndose el ofendido. —Somos amigos, pero no arriesgaría mi carrera o mi prestigio profesional por él.
—Pensé, ya serías un experto mentiroso. —lo descubre con facilidad. —Siempre han sido inseparables. —reconoce estudiando su reacción. —Incluso fue una de las razones por la cual terminamos, antes de irse de viaje: Su insistencia en defenderte.
Alejandro no dijo nada al respecto, ni cuando trató de saber más de lo suyo con Mariana. Hasta confesó ser atraído, demasiado por ella.Cual virutas por el imán.
—¡Te pillé! —sonríe, al corroborar que no ha aprendido a mentir.
—Aunque así fuera, no afirmo ni niego nada. —debe resguardar a su amigo. —Se ve que tampoco confías en Ale. —expone su teoría. —Ese es tu mayor problema: No creer en las personas. —aprovecha la inusual oportunidad brindada, para enfrentarla. —Ni siquiera en ti. —la acorrala entre él y la pared. —Cuando aprendas a hacerlo, nos darás una oportunidad a los demás. —termina pegándola a su cuerpo, deseoso. —Debes tener en mejor concepto a tus ex —Sujetándola por el talle, para impedir su escape, levanta su barbilla, obligándola a verlo a los ojos. —Eres una mujer maravillosa, creativa y muy sensible. –acerca su boca a la suya. —¿Cómo pudiste equivocarte tanto al escoger tus novios? —la besa con pasión, sintiéndola derretirse entre sus brazos. – Un desquiciado mujeriego, machista que tuvo la desfachatez de grabar su infidelidad, durante su despedida de soltero y un asesino, secuestrador de niños, amedrentador de mujeres. —la besa desesperado. — ¿No te parece extraño, dos equivocaciones tan evidentes, para alguien que cuida hasta del más mínimo detalle?
—¡Eres un canalla abusador! —apenas la deja respirar entre beso y beso.
—Que no ha dejado de amarte, y está dispuesto a todo para convencerte de que sientes lo mismo. —aguanta sus mordiscos, patadas y golpes como si fueran besos, caricias y abrazos.
A pesar de su violencia, él no la suelta. Se pega más a su cuerpo con pasión encendida. Saborea su boca hasta, hacerla responder a sus exigencias. —Así me gusta, mi gatita. —recuerda como la llamaba cuando eran novios. Le encanta sentirla estremecer como siempre. –Acepta que no has dejado de amarme y te suelto.
—¡Nunca! –balbuceaba apenas, entre beso y beso.
—¿Nunca? –sigue besándola, a placer. –Entonces tendrás que gritar llamando a la policía para evitar, que te posea como un sádico. —mete las manos bajo su blusa, suspirando ante la suavidad de su piel. —¡Eres solamente mía! —cree estar soñando.
—¡Nunca he sido de nadie más! —dejándose llevar por sus instintos, se empina, mordiendo el cuello masculino.
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Mariana
Roman d'amourLa desesperación por la supervivencia en Caracas (Venezuela) con su pobreza crítica, marginalidad, violencia y falta de dinero llevan a Mariana al borde. "Hago lo que sea pa' que mi chamo no se acueste sin na en la barriga ". Sólo por su hijo es...
