Mariana despierta, satisfecha. Aunque tiene ambas piernas lesionadas, hacía muchos días que no descansaba tan bien. Alejandro sigue rendido, le extraña que continúe en la misma posición que ella lo dejara, en la madrugada. Después de tanto esfuerzo debe sentirse exhausto. Sonríe, recordando su apasionada respuesta. Llegó a pensar que la rechazaría, por haberlo condenado, sin siquiera esperar su versión, sobre lo ocurrido a Samuel. —Despierta, dormilón. —susurra a su oído. —Recuerda que Luna nos dijo que hoy sería un día muy ajetreado.— se queda esperando que conteste. Preocupada, vuelve con cuidado su rostro hacia ella. Luce muy pálido, más ojeroso que el día anterior y con dificultad para respirar. —Ale... — lo mueve intentando hacerlo reaccionar. Aquello no es normal, nadie tiene el sueño tan pesado. Con toda la rapidez que le permite su estado, logra sentarse en la silla y rodar hasta el pasillo. —¡Necesito ayuda, por favor! —grita angustiada. —Alejandro, no despierta.
Alarmados, todos corren hacia el cuarto. Con premura León, lo voltea percatándose de su estado. —Está desmayado, no dormido. —trae el oxígeno, rápido. Indica a uno de sus compañeros. —Lo ideal sería trasladarlo al hospital, es la segunda vez que lo veo perder el sentido, sin causa aparente.— frota su cuerpo con una de las soluciones preparadas por su madre, tratando de reanimarlo.
—Sí, pero lo buscan como a un delincuente.— mide Luna, sus signos vitales. —Tiene la presión arterial muy baja. —mejor llama a Marcos, necesita un médico con urgencia. —habla sin dejar de hacer, le coloca oxigeno.
—Se esforzó demasiado para poder traernos hasta aquí. —acota mariana, intentando aparentar calma. —Incluso, pensé que no lograría llegar consciente. — le apena haber pensado lo peor de él. — Cuando me defendió en la fiesta de Halloween, le fracturaron las costillas. Ameritó varios días de hospitalización.
—Mejor, que también traigan un equipo portátil de rayos X.— continúa ordenando, para disimular su creciente preocupación, Luna.— Hemos debido hacerlo examinar anoche mismo, pero nos concentramos en las heridas externas tuyas y de Samuel. —Apúrate en traerlo, si es necesario lo secuestras. —indica más nerviosa con cada minuto que pasa sin volver en sí. —sacando su teléfono, llama.— Deja cuanto estés haciendo y corre con un equipo de primeros auxilios a la casa principal. Trae cuanto sea necesario para cateterizar una vía, e hidratar a mi nieto.
—¡No, Maru! —se queja en un suspiro, llevando una mano hacia su costado. —sin abrir los ojos.
—Se nota que lo asustas.— a pesar de la terrible situación, se atreve a subir y bajar las cejas con picardía. —¿Qué le has hecho al pobre?
—Maru, Maru, Maru... Repite en una letanía casi inaudible.
—Tranquilo, estoy aquí. —se acerca a susurrar a su oído.— Sammy y yo estamos a salvo, gracias a ti. —escucha su respiración entrecortada, acompañada de un suspiro. —se separa ansiosa para interrogar a Luna. — ¿Por qué no abre los ojos? —ya se le hace imposible, dejar entrever cuánto la afecta su estado.
—Está muy débil. —debe sacar fuerzas para alentarla.— No te preocupes, ya viene alguien a ayudarnos con él. Es una persona de mi absoluta confianza. —Le va a colocar un suero en la vena, mientras vuelve León, con nuestro amigo médico.
—Con permiso.— entra una joven de cabellos largos y brillante. Se fija en la persona acostada y la muchacha en silla de ruedas —¿Cuál es el herido que debo atender?
—Gracias por llegar tan rápido. — Es mi nieto, no termina de despertar.
—Sabes que estoy a tus órdenes. — se sienta al lado de Luna y saca el instrumental. Mariana no le quita la vista de encima. Es muy linda, sus ojos se parecen mucho a los suyos, eso la intriga. Con eficiencia coloca un torniquete en el brazo a Alejandro, desinfecta la zona con alcohol y sin parpadear, introduce una larga aguja, que se llena de sangre. Con la ayuda de Luna la fija, antes de colgar un frasco con una solución transparente. Después la conecta al cateter y comienza a gotear el líquido. —Luce muy pálido, pero al menos tiene sensibilidad al dolor, eso es buena señal. —¿Ya llamaste a Marcos? —indaga interesada.
—Más que eso, envié a Leo a traerlo como sea.— mira a Mariana, rodar su silla fuera de la habitación, sin dar tiempo a las presentaciones de rigor.
—Me avisas, cualquier cosa. —se despide, lanzando una furtiva mirada al paciente.
Alejandro abre los ojos, angustiado. Tiene un desconocido, demasiado cerca. Incluso se atreve a tocarlo, sin su consentimiento.. Se siente desnudo, lleva el pecho descubierto. ¿Qué le sucedió? Su último recuerdo, es Maru entre sus brazos. Pero ahora, no la ve.
—Maru... —vuelve a cerrar los ojos con la esperanza de encontrarla al volver a abrirlos.
—¿Quién es Maru? —escucha sin contestar. En su cabeza bullen mil ideas, cada una peor a la anterior. —¿Qué sientes?
—Ale, el médico, amerita de tu colaboración para intentar ayudarte.
—¿Abuela? —se arriesga a abrir los ojos de nuevo. A su lado, acariciando su rapada cabeza, se encuentra Luna. —¿Dónde está Maru? —ahora sí, deja escapar su ansiedad. —Creí que me habían encerrado otra vez. —suspira buscando aire, a pesar de tener oxígeno puesto.
—Salió, no es tan fuerte como grita a los cuatro vientos. No resistió ver que te clavaban una aguja.
—Llámala por favor, abuela.
—Primero debes escuchar al médico, tranquilizarte y seguir sus instrucciones.
—Luna, entiende.— toma su mano suplicante. —Necesito verla para respirar tranquilo. —se mueve inquieto sobre la cama, llevando quejumbroso su mano al costado, ahora cubierto por una venda elástica. —¿Podemos hablar a solas? —mira con abierto rechazo a quien lo examina.
—Te escucho. —posa un beso en su frente.—Marcos es como otro de mis hijos.
—¿Sabes que sufro de pesadillas?
—Sí, cuando algo te preocupa. —sigue intentando tranquilizarlo. —Muy vívidas, por cierto e incluso, premonitorias, según mi amado Adolfo.
—Estaba herido, no estoy seguro si vivo o muerto. —siente que el aire le falta. —¿Lo peor?¡Papá apuntaba a Maru con un arma!
—No es nada raro. —insiste en quitarle gravedad al asunto, intentando disminuir su inquietud. —Los sueños reflejan nuestros deseos o miedos.
—Haré cuanto me indiquen, pero primero quiero verla.
—Lo primero es relajarte y no mencionar tus pesadillas.
—Cuídala mucho, Luna. —insiste preocupado. — A ella y Samuel.
—Si dejas de preocuparte y te cuidas tú, primero.
—¡Prometelo! —sigue febril.
—No acostumbro hacerlo, pero tienes mi palabra.
—¡Gracias abuela! —echa la cabeza hacia atrás, buscando aire
—Sin embargo, los mantendré bajo estricta vigilancia. —guiña un ojo con picardía. —No quiero más sobresaltos. —le hace un gesto a su hijo para que vaya a buscarla.
—¿Qué te pasó? —entra en la silla de ruedas, empujada por León. —¡Tremendo susto, me diste! -agarra su mano con nerviosismo.
—¡Maru! —siente un enorme alivio al verla y poder tocarla. Desea decir tantas cosas. Pero se conforma con acariciar sus dedos uno por uno. —Tienes razón, soy peor que un niño desvalido, cuando de ti se trata.
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Mariana
RomanceLa desesperación por la supervivencia en Caracas (Venezuela) con su pobreza crítica, marginalidad, violencia y falta de dinero llevan a Mariana al borde. "Hago lo que sea pa' que mi chamo no se acueste sin na en la barriga ". Sólo por su hijo es...
