Capítulo 15

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Para su paz mental, agradecía que aún hubiera tiempo para la fiesta de disfraces que el duque Werrington organizaba cada año para recaudar dinero, destinado a los menos favorecidos. Faltaba una semana y aún no ha habido dramas por parte de lady Henrietta.

Pero eso no quería decir que se podía escaquear de los demás eventos sociales. La temporada no había terminado y tenía que estar presente en cada una de ellas.

Como la que estaba en esa noche. No podía quejarse porque estaba siendo sacada a bailar, estaba sonriendo y bebiendo ponche, un tanto aguado. La anfitriona, lady Costume,  no quería que sus invitados estuvieran achispados, consiguiendo que estos evitaran pasar por la mesa de bebidas que acercarse a ella.

El ponche no había resultado ser el alma de las fiestas, pensó Bry, que se había alejado del barullo de gente, esta feliz en su salsa. Había algo más que opocaba a la bebida rosada. Era la pareja del momento.

Era la sensación y el centro de las comidillas.

Más de uno se había escandalizado ya que no era una pareja prometida. Pero lady Costume le encantó tenerlos entre los presentes. No le importaba que se hablarían de ellos en vez de su fiesta. Porque eso era lo que estaba ocurriendo.

Y Bry no podía apartar la mirada de ellos.

- Aquí tiene - lord Resford había tenido la amabilidad de traerle un vaso de la rica bebida.

Su segundo vaso. Menos mal que no tenía alcohol, se dijo con ironía.

- Gracias, no debió haberse molestado.

Bry intentó ganar tiempo para no bebérselo delante de él.

- ¿Qué más podría hacer para mi dama? No quiero que su padre piense que soy poco caballeroso con su hija.

Ahí tenía la razón de su repentino gesto de cortesía hacia ella, después de haber bailado una pieza.

- Por cierto, sería una buena oportunidad para hablarle de mi negocio, ¿no cree?

- Sin duda es una oportunidad de oro que no puede desaprovechar. Lo encontrará  por ahí; no le gusta bailar - movió la mano sin rumbo.

- Si me disculpa, mi dama. Los negocios siempre están a primera orden del día.

Se vio sola con su vaso.

  No estaba aburrida. No lo estaba. Se podía dormir de pie. Cuando quiso mirar a la pareja del momento, descubrió que los había perdido de vista.

¿Se habrían ido ya?, se preguntó inquieta y se regañó por ello. ¿Por qué estar pendiente en cada paso que daban?

Era evidente que su ausencia no era porque la meretriz se iba a empolvar la nariz.

- Está claro que no. Estarán retozando como adorables animalitos- se  dijo con el propósito de convencerse y desanimarse.

- ¿Quiénes estarán retozando como adorables animalitos, señorita Madison?

Inconsciente, chapurreó el sorbo que había tomado también sin haberse dado cuenta de ello. Todo el líquido no fue a parar a él; sino a ella, por su boca, barbilla y... ¡Oh, no! Se había manchado el vestido. Le dio la espalda al causante de su desatino, buscando alguna manera de poder limpiarse. Con la mano enguantada no ayudaba mucho.

Estaba para que la pintara en un cuadro.

Sus mejillas se encendieron.

¿Por qué se tenía que haberse puesto un vestido blanco?

La mancha seguía ahí, justo en su escote cuadrado, no muy abajo, y encima se sentía una pegojosidad en la barbilla.

- ¿Le tengo que volver a recordar - buscó en su bolsito de mano un pañuelo. Perfecto no había echado - que no está bien escuchar a escondidas?

- Mea culpa. He de decir que me ha podido la curiosidad. ¿Me permite?

- ¿Qué... - lo que iba a decir murió en sus labios cuando el hombre, con un pañuelo, empezó a limpiarle la zona manchada de la cara.

Su sonrojo se profundizó.

- ¿Qué hace? - recuperando el habla. Apartó el rostro y vio que nadie se había fijado.

- Limpiarle. ¿No ha sido culpa mía en que se haya ensuciado?

No estaba demasiado cerca. Aun así, era como si lo sintiera. Hizo un gran esfuerzo por no abanicarse.

- Lo puedo hacer yo - musitó con un hilo de voz -. Si nos ve alguien,...

- Tranquila, será nuestro secreto.

No quería que fuera el secreto de ambos, quiso gritarle. Había sonado de sus labios como algo peligrosamente pecaminoso.

- ¿Su amante no se enfadará?

Bry, la más racional, se habría desmayado. ¿Por qué había tenido el descaro de preguntárselo?

- ¿Florence? - ¿de quien iba a hablar sino? -. No es de su estilo poner el grito al cielo por auxiliar a una dama. Si nos viera, lo entendería.

No lo creía porque si fuera la tal Florence no tendría esa consideración. ¿Florence? Oh, la había llamado por su nombre de pila.

No le sentó muy bien escucharlo de él. Por otra parte, apenas asintió porque estaba inmovilizada no por su mano, sino por lo que le transmitía con su tacto.

- No me ha contestado.

Sin querer queriendo, lo miró. Tuvo la sensación de que él sabía ya la respuesta. Nerviosa, retrocedió, pero se topó con la pared, impidiendo su retroceso.

- ¿Por qué? Si con esa pregunta me ha traído mala suerte.

- Así que me considera su desgracia.

- No, no he dicho esa palabra.

- ¿No? - estirando más la cuerda, sujetó su barbilla, no pudo escapar de su mirada -. Ilústrame de lo contrario.

La música continuaba sonando por encima de sus cabezas, melodías lejanas que los envolvía y los alejaba del resto. Bry se halló perdida. Mas que perdida, estaba  extrañamente viva.

¿Dónde había quedado el decoro? Se miraban y notaba como la otra mano que sujetaba el pañuelo iba hacia el escote.

¡Iba a perder la cordura! Y la compostura. Le arrebató el pañuelo en un gesto nervioso.

- Ya me encargo yo - dándole la espalda.

- Quedéselo. No la presionaré.

Lo sintió moverse, antes de que se alejara:

- Espere - él se giró hacia ella, mas no se movió -. Gracias.

Le señaló el pañuelo.

- Bueno, así sabré que tiene algo mío con usted.

Edward le guiñó el ojo sin sonreírle. No hubo burla en su gesto.

¿Y Bry pudo rebatirle?

No supo cómo hacerlo. Solo que la pasajera felicidad de tener algo suyo se esfumó cuando a la lejanía lo vio reunirse con la dichosa Florence, que mimosa y nada vergonzosa, se acercó a él, agarrando su brazo.

¿De qué le servía un objeto suyo?

De nada.

Miénteme © #4 Saga MatrimoniosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora