Último día en Grimauld Place

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No vieron a Dumbledore por ninguna parte pero en ese momento no les importó, Harry y Lindsey estaban muy contentos por el resultado de la vista y también porque estaban a punto de consignar el documento que le concedería a la medimaga la custodia absoluta y definitiva de su sobrino.  

—Síganme entonces —dijo el abogado Mahoney, haciéndoles una seña a Harry y a Lindsey. 

Afuera de la estancia estaba el señor Weasley quien se puso muy contento al saber el resultado aunque quedó bastante sorprendido al comprobar, luego de que la puerta se abrió nuevamente, que el tribunal en pleno había juzgado al muchacho. El ministro salió de allí hecho una fiera.

El Sr Weasley decidió acompañarlos a casa después de la consignación de los documentos, pero se detuvo en seco al ver a Lucius Malfoy conversando con el ministro. Harry también lo miró, solo Lindsey no comprendía sus reacciones, aunque pocos segundos después sí que lo hizo.

El hombre rubio miró a Harry con una ceja alzada y le dijo.

—El ministro me ha dicho que te libraste de una buena, Potter. 

—Así es —contestó Harry sosteniéndole la mirada—, es una habilidad que tengo. 

—Vaya vaya, pero ¡qué interesante! —añadió Malfoy al ver a Lindsey mientras se acercaba lentamente. 

Ella observó atentamente sus rasgos y los halló familiares, aún sin saber de quién se trataba hasta que él se presentó. 

—Es un placer conocerla en persona, señora Pott... ¡Oh, que tonto! Quise decir Cooper, ¿no? —dijo mientras le tomaba la mano para besársela en un hipócrita gesto de caballerosidad. Él notó enseguida su rigidez y sonrió satisfecho—. Mi nombre es Lucius Malfoy.

¡Claro! El padre del mocoso rubio que fastidiaba a Harry, Ron y Hermione de vez en cuando y por si fuera poco, uno de los peligrosos mortífagos que formaban el séquito de Voldemort. Harry lo había visto en el cementerio aquella noche en que se enfrentó al mago tenebroso.  

—En cambio yo no puedo decir lo mismo de usted —respondió la mujer retirando la mano—. Dejémonos de hipocresía ya que sabemos perfectamente lo que usted opina de las personas que, como yo, descienden de los muggles. 

—No sé que impresiones tendrá usted acerca de mi persona, pero le aseguro que son totalmente falsas —respondió el mago haciéndose el tonto. 

—Será mejor que sigamos nuestro caminó —opinó Arthur. 

—¡Weasley! —exclamó Lucius Malfoy—. ¿Qué haces aquí? 

—Trabajo aquí —respondió entre dientes el pelirrojo. 

—Y yo que creí que tu trabajo consistía en llevarte a tu casa objetos muggles para luego encantarlos. 

—Desde luego que no —respondió el señor Weasley. 

—Sin embargo sí que es una sorpresa encontrarlo a usted aquí, señor Malfoy —añadió Harry con un tono mordaz—. ¿Qué está haciendo exactamente?

—Los asuntos que yo tenga que tratar con el ministro no son de tu incumbencia, Potter —respondió Malfoy con una actitud más auténtica mientras se alisaba la túnica (los demás percibieron un ligero tintineo de monedas)—, el hecho de que seas el alumno favorito de Dumbledore no quiere decir que debas esperar el mismo favoritismo por parte de los demás. ¿Me acompaña, señor ministro? 

—Era de esperarse —añadió Lindsey mirándolos con desprecio mientras se alejaban. 

—Supongo que ese asunto tan importante del que tienen que hablar es el oro —añadió el señor Weasley mientras se ponían en marcha nuevamente. 

Lindsey Cooper IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora