TERMINAL B18

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Nueva York (JFK)

MARINETTE

—Me hace daño... —Sonreí con inquietud cuando Félix Agreste, el hijo del dueño de la aerolínea, se inclinó y me dijo algo subido de tono al oído mientras me aferraba con demasiada fuerza. Esperaba que Alya viera pronto mi mensaje: «Por favor, sálvame de este idiota ya».

Había pensado que, si me limitaba a reírme de algunas de sus bromas, se alejaría, pero mi reacción solo lo había animado más. Para empeorarlo todo, estaba borracho. Sin embargo, cada vez que se detenía un fotógrafo junto a él y le pedía una foto, se las arreglaba de alguna manera para parecer sobrio durante los tres segundos que se tardaba en disparar. Después volvía a acosarme.

—Marinette, dime que has quedado conmigo antes —exigió finalmente, soltándome y leyendo mi nombre en la etiqueta identificativa.

—No —repuse—. No habíamos quedado nunca.

—¿Estás segura? Nunca olvido una cara, y... —bajó la vista hacia mis pechos con una sonrisa— me resultas muy familiar.

—Los entrevisté a usted, a su padre y a su esposa hace mucho tiempo, cuando yo era periodista.

—¡Oh! —Se encogió de hombros—. Quizá sea por eso.

—Seguro que sí. Y hablando de eso, ¿qué tal está su esposa?

—Disimuladamente, puse la muñeca fuera de su alcance—. Se llama Bridgette, ¿verdad?

—Sí. —Se rio—. Me ha dejado, pero... shhhhh... No lo publiques. Todavía no se sabe.

—Mi compañera de piso está esperándome allí. —Di un paso atrás—. Tengo que...

—Espera... —Volvió a agarrarme por la muñeca, hundiéndome los dedos en la piel con mucha más fuerza—. Cuando has dicho que eras periodista, ¿estabas tomándome el pelo?

Negué con la cabeza. Recordaba aquel encuentro demasiado bien. La entrevista había durado un día entero, y su padre y él, como era de esperar, me ofrecieron unas respuestas ensayadas sobre Agreste. Después de que hubieran pospuesto la entrevista tres veces, respondieron con frases hechas que podría haber encontrado en la Wikipedia, lo que había convertido aquel artículo, en principio sencillo, en una auténtica pesadilla.

—¿Nos preguntaste cómo surgió realmente esta aerolínea tan sorprendente? —Cogió una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba y la vació de golpe—. ¿Por casualidad nos preguntaste cómo empezó todo?

—Con el debido respeto, todo el mundo conoce esa respuesta. —Aparecía ya en los libros de historia como el último cuento de la Cenicienta.

—No. —Lo vi sacudir la cabeza—. Todo el mundo piensa que lo sabe —dijo arrastrando las palabras—, pero si vienes conmigo a casa, te daré la exclusiva. Sin embargo, tendrás que tragar; estoy sano, así que nada de condones. —Cuando me miró a los ojos, me resultaron familiares, como si me recordaran a otra persona—. Cada año odio más confirmar todas las mentiras, todas estas fiestas... Es muy cansado. Me siento viejo y cansado...

Sentí bastante curiosidad con respecto a lo que él entendía por «confirmar todas las mentiras», pero unos minutos antes había afirmado que había sido él quien había inventado las máquinas de café de Starbucks, así que estaba segura de que era el licor quien hablaba y no él.

Empecé a pensar otra excusa para alejarme lo máximo posible de él, pero una castaña se interpuso entre nosotros y le cogió la mano mientras se inclinaba para hablarle al oído.

—¿Está aquí? —preguntó Félix con los ojos muy abiertos—. ¿Ha venido de verdad?

La mujer asintió.

Eres mi AnomalíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora