Cap. 17: Mentiras

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Su primera noche como hombre comprometido y como todas las otras de aquellas últimas semanas, se encontraba solo en su penthouse. Esta vez, intentando avanzar con trabajo para despejar su mente del día de mierda que acababa de tener. Estaba a punto de acostarse, cuando su celular sonó nuevamente... Lo tomó irritado y leyó el nombre en pantalla; Jaken, a esas horas de la noche... No podía ser nada bueno.

- ¿Qué pasa?

- Amo, lamento molestarlo tan tarde, pero usted dijo que le avisara inmediatamente cualquier cosa relacionada con, bueno, ya sabe...

- Al grano. - ordenó con molestia.

- Uno de los hombres que dejé al cuidado de la chiquilla me acaba de llamar... Ehm, al parecer quien la ha estado siguiendo, esta tarde no ha vuelto, pero... el señor Naraku está ahora ahí... acaba de llegar.

- ¿Ahí dónde, Jaken? - preguntó ligeramente exaltado. Su sirviente tragó pesado al otro lado del teléfono. - ¿En su casa?

- Afuera de su edificio... ¿Le doy a mi hombre la orden de intervenir, amo?

- No. - colgó la llamada y sin pensárselo dos veces, tomó las llaves de su auto y salió apresuradamente al lugar.

Se estacionó cerca y bajó de su auto, caminando a paso decidido e imponente, hasta donde un hombre vestido de traje parecía esperarlo de brazos cruzados, apoyado relajadamente en el capó de su auto, estacionado justo frente a un modesto edificio.

- Sesshomaru, qué sorpresa. - Lo saludó con tono fingido, girándose hacia él. El peliblanco tensó su mandíbula al escucharlo. - Jamás hubiese esperado encontrarte a ti en un vecindario de tan poca monta como este. - Suelta con algo de burla y desprecio.

- ¿Qué haces aquí, Naraku? - Preguntó con una frialdad afilada en cada una de sus palabras y sus ojos dorados clavados desafiantemente en él.

- Sólo quise venir a conocer a la causante de tanto alboroto. - señala con su mirada tranquilamente hacia la ventana correspondiente al apartamento de Rin. La luz aún estaba encendida y se podía distinguir fácilmente su silueta desde ahí, sentada en su escritorio, trabajando en su computador. - Es bastante guapa. - insinúa con un tono lascivo.

Sin pensarlo más y sin esperar a que el oji carmesí siguiera con ese incesante parloteo que lo enfermaba, lo tomó con firmeza por el cuello de su camisa, levantándolo del suelo.

- Pensé que había sido lo suficientemente claro. - espetó con su voz grave y serena, sin perder su impasibilidad. - Sabes que no me gusta repetirme, Naraku, así que esta será la última vez que lo diré. - ejerció presión en el agarre de su cuello, hasta hacerlo toser. - Si te acercas a ella, te destruiré. - Finalmente lo soltó, permitiéndole tocar el suelo con sus pies nuevamente.

- Esto sí que no me lo esperaba, al parecer tu papito tenía razón... - rio irónicamente, acomodando el cuello de su camisa. - ¿Por qué la proteges tanto, amigo?

- Sabes bien que yo no protejo a nadie, Naraku. - Dijo tranquilamente. - Pero no voy a permitir que un don Nadie como tú, desafíe y desacate mis órdenes.

El pelinegro chasqueó su lengua con desagrado... No soportaba el aire de superioridad de ese niño mimado. Pero no le daría el gusto de verlo molesto, así que sonrió sardónicamente, tranquilizando su expresión descompuesta.

- Tranquilo. - Dijo Naraku y estiró las arrugas de su saco, alistándose. - Sólo me aseguro de que no existan inconvenientes para el conglomerado, ya sabes, es mi trabajo después de todo, jefe. - Le guiñó un ojo y luego volvió a sonreír. - Oh, es verdad, aún no puedo llamarte así.

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