Emily Williams, alrededor de un año de edad fue abandonada en las puertas de un Orfanato en Londres, fue encontrada envuelta en una sábana dentro de una canasta, en malas condiciones con un golpe en su cabeza y una nota diciendo: Emily... Lo siento...
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Emily
Acerco su cuerpo más al mío y descanso mi cara en su cuello. Huele tan bien.
«Mío»
Aún no puedo creer que me haya entregado a Aiden, fue tan mágico, tan especial. El ardor y escozor de mi entrepierna es inevitable, pero no me importa, disfruté cada embestida. Puedo sentir que estoy llena de él, su esencia saliendo de mi centro lo afirma.
«Sentirlo por completo en mi interior fue tan placentero como doloroso.»
Sus manos, sus besos y cada caricia en mi piel, aún puedo sentirla quemando, plasmada en mi piel. Imborrable.
—Lo quiero mucho, señor Müller.— repito por tercera vez.
Cuando lo dije por primera vez su cuerpo se tensó, pero mi boca no puede parar de decírselo.
«Tal vez hade pensar que es muy apresurado». Pero no puedo seguir ocultando lo que mi corazón siente y pide que grite a los cuatro vientos. Él, se acomoda mejor entre mis piernas y suelto un quejido. Estoy consciente de que fue muy delicado conmigo, pero eso no quita que sienta molestia en esa zona.
Pero estoy segura que no me negaría a que volvieramos a ser uno solo.
—Yo...— intenta decir— Te quiero, Emily.—su respiración golpea en mi rostro.
Mi corazón bombea más fuerte. Una dosis de inmensa felicidad llena mi cuerpo. También me quiere.
—Lo que realmente siento por ti no encaja en unas simples palabras.—añade.
Se dedica a besarme con parsimonia, sin ningún interés más allá de eso. Demostrándonos a través de nuestras bocas lo que sentimos.
Nos queremos mutuamente.
—Vamos a darnos una ducha.—propone luego de un rato.
Tengo mi cabeza apoyada sobre su duro torso, seguimos desnudos.
—No quiero.—digo como niña pequeña, abrazándolo con fuerza.
— Entiendo que no quieras moverte, hice una pregunta tonta.— dice lo último en boz baja y deja un beso en la coronilla de mi cabeza.
—Sólo no quiero que te vayas, quiero estar abrazada a ti.
Su pecho se mueve por la risa que suelta, y yo cierro mis ojos disfrutando el sonido.
Imaginando.
—Eres tan tierna, Mily.— levanta mi barbilla y me da un beso— Claro, cuando no estás llevándome la contraria.— me da un pequeño mordisco.
Me desquito cuando le pellizco por las costillas.
—¡Ay!— se queja antes de besarme nuevamente— Iré al baño por algo y regreso.— avisa, antes de hacerme a un lado con delicadeza y levantarse.