CAPÍTULO DIECINUEVE

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~Lilith Freya Windsor~

A partir de tenerla en casa todo fue felicidad. Estaría controlando a Virgine con medicamentos hasta su conveniente fallecimiento, de lo contrario mi chica sería una más de sus víctimas y es lo que menos quiero para ella.

Los papeles están en mi poder. El cambio de nombre y apellido lo manejó un chico bastante agradable al que, naturalmente, soborné para adelantar los trámites e irnos del país lo antes posible mi chica y yo.

Ya no sería Lilith Freya Windsor.

Sería la señorita Heinrich Lügner.

Y mi chica sería Agatha Lügner.

Sobo su larga melena castaña con pereza mientras ella descansa su cabeza sobre mi pecho, siento sus pestañas rozar mi piel cuando parpadea.

La luz que entra por la ventana ilumina el profundo gris de sus ojos.

Igual a los de su padre.

Desatiendo su cabello para tomarla del mentón. Su mirada recayó en mis labios, ella sabe lo que quiero. Me besa antes de poder hacerlo yo. Sus besos siempre suaves en un principio pero al apretar su muslo, aquella jovenzuela abusó desvergonzadamente de mi labio inferior. Gimo de dolor en su boca y ella sonríe en satisfacción para besar mi vientre con ternura.

Su grácil figura la hace lucir tan sexy a su edad que llegué a sentir envidia de no haberme visto así.

Me pregunto cómo mataré a mi próxima víctima. Una vida más, un paso más cerca de mi felicidad.

Me regañaba a mí misma cuando al pasar por las caras tiendas de Londres, miraba desde fuera los juguetes y cunas para bebé con una sonrisa en el puto rostro.

Por una parte quiero que seamos madres, pero por otra, no quiero lastimarlos, no quiero que pasen por la pesada carga de tener una madre desequilibrada.

En este caso, dos.

Dos madres desequilibradas que, irónicamente, queremos equilibrio para nuestra vida.

En lo que ella pinta sobre mis dibujos yo estoy en la ventana, desde donde puedo ver a un hombre encapuchado observarme sin disimular.

No puedo ver su rostro, pues está cubierto por una mascarilla, sobresalen sus ojos pero su color es indiscernible a causa de tanta oscuridad y mi nistagmo no ayuda en estos casos.

Todos los gatos son pardos de noche.

No pienso desviar la mirada, para ponerlo más incómodo, apoyo mi barbilla sobre mi puño como Chase solía hacer.

No aguantó mi mirada ni por diez segundos y al desaparecer al fin de mi campo visual, me di cuenta del aire que estuve reteniendo todo este tiempo, soltándolo en un suspiro.

Me volteo, en consecuencia atrapo a mi chica introduciendo su mano en un bote de pastillas, las cuales utilicé una vez para suicidarme y acabé vomitando.

Como siempre.

—¡Suelta eso! —le quito la botella de la mano con urgencia.

—¿Por qué yo no puedo tomarlas y tú si? —cuestiona.

—Porque... —tiro las pastillas a la basura —son pastillas para embarazadas, tu no puedes tomarlas, no son para ti —digo de mala gana.

—¿Cuándo nos iremos, Freya?

—En cuanto mate a la bruja mala.

—¿Y cuándo será eso?

—Mañana mismo, en la noche.

ARTHURDonde viven las historias. Descúbrelo ahora