Capitulo venticuatro

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Keyra Lombardi

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Keyra Lombardi

Parte II

La luz del amanecer me despertó primero, filtrándose a través de las cortinas como un susurro cálido. Parpadeé, aún medio dormida, intentando orientarme. No estaba en mi habitación. La realidad llegó como un golpe suave pero contundente: estaba en el apartamento de Zairo.

Y entonces lo vi.

Él estaba a mi lado, tan cerca que podía sentir la calidez de su respiración. Dormía profundamente, con el rostro tranquilo, como si todos los problemas del mundo no tuvieran cabida en sus sueños. Su cabello oscuro caía desordenado sobre su frente, y la luz del amanecer jugaba con sus facciones, resaltando cada ángulo, cada detalle.

Me quedé inmóvil, demasiado cautivada para moverme. Era imposible no mirarlo. La manera en que sus labios estaban relajados, cómo su pecho subía y bajaba lentamente, y esa expresión que casi parecía infantil, como si toda la dureza que a veces mostraba hubiera desaparecido.

"Dios, Zairo es hermoso", pensé sin querer. Y al hacerlo, sentí un nudo en el pecho. No solo era su belleza, era todo lo que él representaba. La historia que compartíamos, complicada y llena de altibajos, parecía insignificante en ese momento.

No sabía cuánto tiempo estuve así, observándolo, memorizando cada detalle. Había algo hipnótico en la forma en que la luz acariciaba su piel, como si el sol mismo hubiera decidido hacerle justicia. Por un instante, todo lo demás desapareció: el ruido del mundo, mis miedos, incluso mi propio orgullo.

Quise tocarlo. Fue un impulso instintivo, casi visceral, pero me detuve. ¿Qué derecho tenía yo de romper esa calma? En cambio, me limité a acercarme un poco más, apoyando la cabeza en mi brazo mientras seguía mirándolo.

Zairo murmuró algo en sueños, un sonido bajo que hizo que mi corazón diera un vuelco. Lo vi moverse ligeramente, sus pestañas temblaron como si fuera a despertar, y me quedé quieta, casi conteniendo la respiración.

Entonces, sus ojos se abrieron lentamente.

Primero parpadeó contra la luz, y luego su mirada se encontró con la mía. El mundo pareció detenerse. Había algo en sus ojos, algo que me hacía sentir expuesta, como si pudiera leer cada pensamiento que pasaba por mi cabeza.

-Buenos días -murmuró con una voz áspera, grave por el sueño.

Sentí un calor inexplicable subir por mi rostro, pero no aparté la mirada. Había algo en su tono, algo tan familiar pero al mismo tiempo diferente, como si esa palabra tuviera un significado especial viniendo de él.

-Buenos días -respondí, mi voz apenas un susurro.

Él sonrió, una sonrisa suave y somnolienta que hizo que mi corazón se acelerara. Me observó por un momento que se sintió eterno, como si estuviera tratando de entender por qué yo estaba ahí, a su lado.

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