Capitulo diecinueve

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Keyra Lombardi

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Keyra Lombardi

30 de octubre del 2018

Había algo reconfortante en la monotonía de las mañanas. Abrir la puerta, escuchar el tintineo de las llaves mientras las guardaba en el bolsillo de mi abrigo, sentir el aire fresco del pasillo del edificio. Todo era parte de un ritual que me ayudaba a prepararme para enfrentar el día.

Ese día no era diferente, o al menos eso creí al salir de mi apartamento. Cerré la puerta con un leve empujón y me giré para encaminarme hacia las escaleras. Llevaba mi bolso colgado al hombro, y en mi cabeza repasaba la lista de pendientes: revisar el nuevo proyecto para el curso de diseño, enviar los correos atrasados en la oficina, pasar por un café para arrancar bien el día. Todo encajaba perfectamente en mi rutina... hasta que lo vi.

Ahí estaba él. Zairo D'angelo.

Detenido justo frente a la puerta del apartamento de enfrente, a tan solo unos pasos de distancia. Estaba apoyado en el marco, con una mochila al hombro y el teléfono en la mano. Su cabello estaba ligeramente despeinado, como si no le importara demasiado, y llevaba una chaqueta oscura que le daba un aire despreocupado. Era él, con esa facilidad natural para atraer miradas, incluso cuando no hacía nada. Y yo lo sabía mejor que nadie.

Mi cuerpo se tensó de inmediato. La sorpresa inicial se transformó rápidamente en una mezcla de incomodidad y desconfianza. No podía ser una coincidencia. No podía estar aquí.

—¿Qué haces aquí? —solté antes de poder detenerme, mi tono más áspero de lo que pretendía.

Zairo levantó la vista de su teléfono y, al reconocerme, sonrió. Esa sonrisa. Esa maldita sonrisa que siempre lograba ponerme nerviosa, incluso cuando intentaba odiarlo.

—Vivo aquí —respondió con tranquilidad, como si no acabara de alterar por completo mi mundo. Señaló la puerta detrás de él con un leve movimiento de cabeza.

Parpadeé, sin saber si había escuchado bien.

—¿Aquí? —pregunté, señalando la puerta con incredulidad.

—Eso dije —replicó, encogiéndose de hombros como si no fuera gran cosa—. ¿Qué, no te lo esperabas?

Abrí la boca para responder, pero las palabras no salieron. ¿Esperármelo? Claro que no. En ningún escenario había imaginado que terminaría compartiendo pasillo con él. Esto tenía que ser algún tipo de broma cruel del universo.

—¿Desde cuándo? —logré articular, cruzándome de brazos.

Zairo pareció encontrar mi reacción entretenida, lo que solo consiguió irritarme más. Guardó su teléfono en el bolsillo y me miró directamente a los ojos.

—Hace unas semanas —respondió con esa calma que siempre me sacaba de quicio—. Me mudé por aquí por trabajo. Es conveniente, ¿no crees?

Conveniente. Sí, claro. Conveniente para él, una pesadilla para mí.

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