Capitulo treinta y cuatro

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Zairo D'angelo

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Zairo D'angelo

La puerta de la bodega cayó con un estruendo, y el eco del golpe resonó en mis oídos mientras apretaba con fuerza el arma en mis manos. Entramos rápido, Paulo y Arche lideraban, sus pasos firmes y decididos. Mi mirada se ajustó a la penumbra, y ahí estaba ella: Chloe.

De pie en el centro, parecía casi fuera de lugar, con su porte elegante en medio de ese lugar oscuro y húmedo. No mostró miedo. En sus ojos brillaba algo que no supe si era desafío o simple indiferencia. En su mano derecha, descansaba una pistola como si fuera una extensión de ella misma, algo que me puso aún más en guardia.

—Tú... —murmuró Arche, pero su voz temblaba de algo más que furia. Era desprecio puro.

Me mantuve detrás, mi corazón latiendo fuerte, pero sin desviar mi mirada de ella. Era una escena que nunca quise ver. Arche avanzó, su voz se alzó mientras se plantaba frente a Chloe.

—¿Cómo te atreves? —le espetó, su tono cargado de rabia contenida—. ¿Cómo pudiste hacerle esto a Keyra? ¡Eres un monstruo!

Chloe sonrió, pero era una sonrisa vacía, amarga. La clase de sonrisa que escupía veneno en silencio.

—¿Aún con esa niña? —dijo con una calma que helaba la sangre—. Por favor, Arche. Lo que hice, lo hice porque alguien tenía que enseñarle cómo es el mundo.

El golpe de esas palabras cayó sobre nosotros como un balde de agua fría. Paulo se adelantó, sus pasos resonaron como tambores en la bodega.

—Eres una rata, Chloe. Siempre lo fuiste —dijo con la voz baja, cargada de odio.

—¿Rata? —repitió ella, como si saboreara la palabra antes de escupirla. Su sonrisa se volvió más amplia, pero sus ojos... esos ojos no reflejaban ni un atisbo de humanidad—. ¿Y tú qué eres, Paulo? ¿El gran salvador? Por favor. Ambos saben que siempre fui mejor que ustedes. Keyra no es más que un error que debí borrar hace años.

No pude soportar escuchar más. Mi mano temblaba en torno al arma. El aire en la bodega se volvió pesado, cada palabra de Chloe era una daga. Pero fue Arche quien se movió primero. Su rostro se torció en una mueca de furia y dolor, y antes de que alguien pudiera reaccionar, levantó el arma.

—Estás muerta para mí —dijo, y disparó.

El sonido del disparo llenó la bodega, ensordecedor y final. Chloe cayó hacia atrás, su cuerpo se desplomó como si el peso de sus propias acciones finalmente la hubiera alcanzado. El eco del disparo aún resonaba cuando el silencio se apoderó del lugar.

Me quedé allí, sin moverme, con la sensación de que algo irremediable acababa de suceder. Arche dejó caer el arma al suelo, sus hombros se desplomaron mientras exhalaba un suspiro que sonó a liberación y condena al mismo tiempo.

El eco del disparo todavía resonaba en mis oídos, y mi mente luchaba por procesar lo que acababa de suceder. La figura de Chloe, inerte en el suelo, parecía surreal. Luego, un ruido más allá de la bodega rompió ese momento congelado: pasos apresurados. Sabía que el disparo había alertado a alguien, pero no estaba preparado para lo que venía.

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