Libro I
Nombre de antes DESTINATI A STARE INSIEME
La leyenda afirma que aquellos que estén unidos por el hilo rojo están destinados a convertirse en almas gemelas, y vivirán una historia importante, y no importa cuánto tiempo pase o las circunstanc...
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Keyra Lombardi
La cena en la casa de los D'angelo transcurría en un silencio cargado de expectativas. Luna D'angelo, impecable como siempre, dirigía la conversación hacia temas cotidianos, como si intentara mantener una frágil normalidad. Alec D'angelo, con su porte imponente, estaba de vuelta después de semanas de ausencia, lo que ya de por sí había añadido tensión al ambiente. Enya parecía inquieta, sus manos jugueteaban con el borde de su servilleta, y Zairo no dejaba de mirarla de reojo, sus dedos tamborileando nerviosamente sobre la mesa.
El salón, decorado con opulencia, brillaba bajo la luz suave de la gran lámpara de araña. Los candelabros dorados emitían destellos cálidos que contrastaban con el aire gélido que se respiraba. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir y, sin embargo, no podía prepararme para la magnitud de lo que estaba por venir.
La conversación se detenía y reanudaba como un río interrumpido por rocas invisibles. Los sirvientes entraban y salían con platos elaborados, pero nadie parecía prestarles atención. El señor D'angelo hablaba con voz grave sobre sus negocios, su mirada fija en su copa de vino, como si se aferrara a ella para mantenerse anclado a la realidad. Luna D'angelo sonreía y asentía, aunque sus ojos revelaban cansancio.
De repente, Enya se puso de pie, interrumpiendo a su padre en medio de una frase. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una determinación indomable. Todos dejamos de respirar, sintiendo el golpe invisible de la tensión que se acumulaba.
—Tengo algo que decir —anunció, su voz firme pero cargada de emoción.
El señor D'angelo la miró con el ceño fruncido, sorprendido por su audacia. Luna D'angelo dejó su copa sobre la mesa con un leve tintineo, sus manos temblando ligeramente. Zairo se puso rígido, su mandíbula apretada como si temiera lo que estaba por venir.
—Estoy esperando un hijo —soltó Enya de golpe, como si decirlo rápido pudiera mitigar el impacto.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Nadie se movió. Nadie respiró. Era como si el tiempo mismo se hubiera detenido en ese instante fatídico. Los ojos del señor D'angelo se abrieron desmesuradamente y, por un momento, parecía incapaz de comprender lo que acababa de escuchar.
Luna D'angelo palideció, su expresión congelada en una mezcla de incredulidad y miedo. Sus labios se movieron, pero ningún sonido salió de ellos. El choque en su rostro era palpable, como si acabaran de golpearla con una verdad imposible de aceptar.
Zairo cerró los ojos un segundo, murmurando algo inaudible antes de voltear hacia mí. Pude ver el peso del secreto desmoronándose sobre sus hombros, aplastándolo con una fuerza implacable.
Entonces, Alec D'angelo, el hombre imponente que siempre parecía invulnerable, se puso de pie bruscamente. Su silla cayó hacia atrás con un ruido seco. Su rostro había perdido todo color, sus ojos desorbitados, y sus labios formaban palabras mudas mientras intentaba procesar la noticia.