Capitulo treinta y dos

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Zairo D'angelo

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Zairo D'angelo

El anillo de oro pesado descansaba entre mis dedos, el metal frío un contraste con el ardor que se encendía en mi pecho. La luz del atardecer ya se había desvanecido, dejando paso a la oscuridad de la noche. Las sombras se alargaban por mi habitación, pero no podía apartar la vista de ese maldito anillo. Era más que un simple objeto, era una promesa. Una promesa de que Keyra sería mía. Mi esposa. La única que importaba en este jodido mundo.

Pero justo cuando estaba sumido en ese pensamiento, el teléfono vibró, sacándome de mi trance. Miré la pantalla y lo supe de inmediato. Aibek.

No lo pensé ni un segundo. Contesté, y su voz arrogante, llena de maldad, explotó en el auricular. La rabia, la desesperación que sentí en ese momento solo me hizo más furioso.

—¿Qué mierda estás haciendo? —rugió, la furia evidente en su tono. Sentí su ira atravesando la línea, como si estuviera a punto de estallar en cualquier momento—. Suéltala, maldito hijo de puta. ¡No sabes con quién te estás metiendo!

La respiración me aceleró, y mi puño apretó el teléfono. La rabia se apoderó de mí al instante. Cada palabra de Aibek era como una estocada directa al corazón, y me daba cuenta de lo cerca que estábamos de cruzar una línea de no retorno. La ira se encendió en mí con más fuerza que nunca, pero no podía permitir que él lo supiera. Necesitaba control, más que nunca.

—¿De verdad crees que me importa quién eres, Zairo? —respondió con una calma que me heló la sangre, una calma que me hizo saber que no entendía en absoluto lo que estaba provocando. Mi mandíbula se tensó, los dientes rechinando con fuerza. —No me importa lo que puedas hacer, porque ya estás demasiado tarde. Tu querida Keyra ya está atrapada. Y no hay nada que puedas hacer para salvarla. Ni siquiera tú.

La rabia creció, como una llama alimentada por el viento. No podía permitir que Aibek hablara así de ella. No podía dejarlo salirse con la suya.

—Si le haces algo... —mi voz se cortó un segundo, pero mi amenaza fue clara—. Te voy a encontrar, maldita rata. Ya verás lo que te espera. Te perseguiré hasta el fin del mundo, y si le tocas un solo cabello, te vuelo la cabeza.

No me importaba que estuviera en la otra línea del teléfono. La amenaza era real. Mi promesa, más que nunca, tenía peso. Si tocaba a Keyra, sería su último error. Aibek no entendería lo que era capaz de hacer hasta que lo viviera en carne propia.

Y luego, la calma. Su maldita calma, que solo me provocó más.

—¿Vas a hacerme eso? —su voz se oyó tranquila, casi como si se estuviera divirtiendo con la rabia que destilaba cada palabra. Me hacía reír. Pero esa risa pronto se convirtió en un rugido de furia. —¿Crees que me asusta lo que digas, Zairo? Estás lejos de poder salvarla. No importa lo que digas o lo que hagas. No hay nada que puedas hacer para cambiar esto.

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