Capitulo veintiocho

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Keyra Lombardi

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Keyra Lombardi

30 de noviembre del 2018

El estudio de televisión era un caos organizado. Las luces intensas iluminaban el set como si estuvieran decididas a no dejar que ningún rincón quedara oculto en sombras. Todo estaba preparado para que Zairo brillara, y lo hacía. Como siempre, él se movía en ese mundo de cámaras y micrófonos con una facilidad que me resultaba casi hipnótica. Era un modelo de éxito, un rostro conocido, una personalidad admirada.

Yo, en cambio, estaba en un rincón, como una pieza más del decorado, invisible para todos los demás. Nadie sabía quién era yo ni qué hacía allí. Incluso si alguien me miraba, era como si no existiera realmente.

Mientras lo veía responder preguntas con esa sonrisa encantadora y esa voz segura, no podía evitar sentirme fuera de lugar. Este no era mi mundo. No había alfombras rojas ni luces brillantes en mi día a día. Mi mundo estaba hecho de bocetos, diseños, muebles y textiles; era más silencioso, más sencillo.

Entonces, el entrevistador sacó a relucir el tema que me hizo tambalear.

—Zairo, hace unos meses te vimos en Berlín con una chica muy guapa. Las fotos de ustedes dos dieron mucho de qué hablar. ¿Puedes contarnos más sobre ella?

Las palabras parecieron resonar en mi cabeza con demasiada fuerza. Sabía que este momento podía llegar. Desde que esas fotos salieron a la luz, me había preparado mentalmente para escuchar su versión pública de la historia. Pero estar ahí, frente a esa pregunta, era mucho más incómodo de lo que había imaginado.

Zairo, como siempre, mantuvo la compostura.

—Fue una coincidencia. Ella es solo una amiga —respondió con una sonrisa que parecía desarmar cualquier duda—. Compartimos un evento y hablamos un poco, pero no hay más que eso.

El presentador insistió, buscando que Zairo se deslizara o revelara algo más. Pero él no lo hizo.

—¿Amiga? Porque las imágenes dicen otra cosa.

—Bueno, ya sabes cómo funcionan las cámaras —bromeó Zairo con una risa breve—. A veces, una foto puede decir mucho más de lo que realmente ocurrió.

Las risas educadas del público llenaron el espacio, pero yo no podía compartirlas. Algo en mi pecho se apretó, y por más que intenté mantenerme tranquila, sentí cómo la incomodidad empezaba a consumir cada rincón de mi ser.

Miré alrededor del estudio. Todo el mundo parecía tan concentrado en él, tan encantado por lo que decía, que nadie se fijaba en la mujer de pie en la esquina, observándolo todo como una espectadora más.

Y ahí estaba el problema. Yo no era más que eso: una espectadora. Una sombra detrás de las cámaras, alguien que nunca sería parte de ese mundo suyo, lleno de glamour y atención.

Mientras Zairo respondía otra pregunta con su habitual aplomo, tomé una decisión. Ya no podía quedarme ahí. No podía seguir sintiendo que no pertenecía, que era una extraña en su vida pública.

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