Capitulo veintitres

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Zairo D'angelo

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Zairo D'angelo

17 de noviembre del 2018

La ciudad estaba en silencio esa noche. Era el tipo de silencio pesado que hace eco en el alma. La luz de la luna entraba débilmente por las ventanas de mi apartamento, y yo, sentado en el borde del sofá, no podía apartar la mirada del vacío frente a mí. Ya no era solo la botella vacía a mi lado ni el alcohol que nublaba mis pensamientos, sino un torrente de emociones que necesitaba sacar. La confusión me ahogaba, pero había algo claro en mi mente, algo que había estado allí durante todo este tiempo: no podía seguir sin saberlo. No podía vivir con esta duda, con esta distancia que nos separaba.

Me levanté y caminé hacia la puerta. ¿Qué iba a hacer? No tenía respuestas, pero sí una necesidad urgente de encontrar algo que me calmara. Necesitaba verla. Necesitaba escuchar su voz. Así que, sin pensarlo dos veces, tomé mi abrigo y salí, buscando su departamento como si fuera lo único que podría traerme algo de paz.

La caminata hasta su edificio fue casi automática. Mi cuerpo parecía conocer el camino sin que mi mente lo decidiera. Llegué frente a su puerta y, en ese momento, el miedo y la incertidumbre se apoderaron de mí. ¿Cómo empezar? ¿Qué decirle? Mis manos temblaban, pero el deseo de verla, de resolver este dolor que me estaba comiendo por dentro, fue más fuerte. Golpeé la puerta, con el corazón acelerado y la mente en caos.

Unos segundos después, la puerta se abrió. Ahí estaba ella, Keyra, con esa mirada que me había robado tantas veces la calma, pero ahora me la robaba de una manera diferente. Su cabello caía suavemente sobre sus hombros, y su rostro, aunque cansado, reflejaba la sorpresa de verme. Mis palabras se atragantaron por un segundo.

—Zairo... —dijo con la voz suave, pero preocupada—. ¿Qué haces aquí?

—Necesito verte —respondí, sin más preámbulos, sin máscaras, solo la verdad cruda que había estado guardando por tanto tiempo. ¿Por qué no podíamos estar juntos? ¿Por qué el destino insistía en alejarnos cuando todo en mí quería acercarse a ella?

Ella frunció el ceño, observándome, y el tono de su voz se tornó más serio.

—Estás borracho —dijo con cautela, como si tratara de entender mi presencia allí, en su puerta, a esa hora.

Lo sabía. Era evidente, pero había algo más en mi interior que no se podía ignorar. Algo mucho más profundo que el alcohol.

—Lo sé —contesté, mi voz más grave, casi quebrada. Sentí el peso de las palabras al salir. Ya no podía esconder lo que sentía. Ni el alcohol ni la distancia entre nosotros iban a callarme—. Pero no vine aquí por eso, Keyra. Vine porque necesito saber, porque no puedo seguir viviendo con esta duda. No puedo seguir con esto, con esta maldita distancia entre nosotros.

Me di cuenta de lo que acababa de decir. Mis palabras resonaron en la pequeña entrada del apartamento, pero fue como si el silencio después de ellas me golpeara. Keyra me observaba, en silencio. Había algo en su mirada que me dolió. No sabía qué pensar, pero sí sabía que no quería que se fuera. No quería que todo terminara así.

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