Capitulo treinta y cinco

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Keyra Lombardi

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Keyra Lombardi

El aire pesaba a mi alrededor, como si todo mi cuerpo estuviera hundido en una niebla densa que no me dejaba respirar. Zairo no había dicho mucho mientras yo llevaba a su casa, y yo tampoco. Cada palabra que intentaba formar en mi mente parecía inútil.

Me dejó sobre un sofá amplio y cómodo, demasiado cómodo para alguien que no recordaba la última vez que se sintió tranquila. Mi cuerpo, cubierto de golpes y marcas, parecía ajeno a mí. Cada movimiento dolía, pero más dolía estar consciente.

—El médico estará aquí en unos minutos —dijo él, sin mirarme directamente.

Asentí levemente, manteniendo la mirada fija en un punto cualquiera de la alfombra. Mis manos temblaban bajo la manta que había colocado sobre mí. No era solo el frío. Era algo que venía de adentro, una mezcla de miedo, vulnerabilidad y una tristeza que no sabía cómo manejar.

Zairo salió de la habitación, dejándome sola con mis pensamientos. Cerré los ojos, pero las imágenes no tardaron en llegar: los gritos, el dolor, el peso de las manos que no pude detener, el eco de los disparos... Tragué saliva con dificultad y apreté la manta con fuerza.

El sonido de un auto acercándose rompió el silencio. Cuando volví a abrir los ojos, Zairo ya estaba en la puerta. Regresó acompañado de un hombre mayor, con cabello entrecano y una expresión profesional pero amable.

—Señorita Keyra, soy el doctor Oliver —dijo mientras se inclinaba ligeramente hacia mí—. Estoy aquí para ayudarla.

Quise decir algo, pero las palabras no salieron. Mi garganta estaba seca y cerrada, como si incluso hablar fuera un esfuerzo insuperable.

El doctor se sentó en una silla frente a mí y abrió su maletín. Su voz era baja y calmada mientras me explicaba cada paso, asegurándose de que entendiera lo que estaba haciendo.

—Voy a revisar las lesiones, ¿está bien si comienzo con las manos? —preguntó suavemente.

—Sí —respondí en un susurro.

Sentí el roce frío de sus dedos mientras inspeccionaba las marcas en mis muñecas. Su tacto era cuidadoso, como si temiera que pudiera romperme con un movimiento en falso.

—Tiene algunos hematomas profundos, pero nada que no cuerde con tiempo y cuidado. ¿Le duele mucho al moverlas? —preguntó, levantando la vista hacia mí.

—Un poco... Pero puedo soportarlo.

—Está bien —dijo con una pequeña sonrisa tranquilizadora—. Haré lo posible para que se sienta mejor.

Zairo observaba desde una esquina de la sala, sin intervenir. Su presencia era pesada, como un recordatorio constante de todo lo que había pasado. Sin embargo, el doctor se mantuvo enfocado en mí, lo que me dio una extraña sensación de seguridad.

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