Capitulo treinta y siete

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Zairo D'angelo

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Zairo D'angelo

El médico observó a Keyra con cuidado, mientras ella permanecía sentada en el borde de la cama. Sus ojos estaban apagados, como si cada evento reciente hubiese drenado la luz que solía reflejar. Yo, apoyado contra la pared, observaba con el ceño fruncido mientras el doctor revisaba los medicamentos que le habían recetado.

—Los medicamentos están funcionando —dijo el doctor con tono calmado, mirando a Keyra como si buscara algún rastro de mejora emocional—. Pero necesitarás mucho descanso. Tu cuerpo se está recuperando, pero también debes cuidar tu mente, Keyra.

Ella no respondió, ni siquiera me miró. Era como si estuviera atrapada en su propio mundo, uno del que no sabía si quería o podía salir. Sentí que mi pecho se comprimía al verla así, frágil. Keyra nunca había sido alguien a quien pudiera considerar débil, pero ahora parecía que se estaba desmoronando.

—¿Algo más que deba saber, doctor? —pregunté, mi voz grave llenando el silencio.

—No por ahora, Señor D'angelo. Solo cuide que no se salte los horarios de medicación. Y —El médico se detuvo, dudando, como si estuviera a punto de decir algo que preferiría callar—. Sería bueno que no la deje sola mucho tiempo.

Asentí sin apartar la mirada de Keyra. Sabía lo que el doctor realmente quería decir: Keyra estaba quebrada, y era mi deber mantenerla junta, aunque ella no quisiera mi ayuda. Después de un par de instrucciones más, lo escolté hasta la puerta, despidiéndolo con un apretón de manos y un asentimiento breve.

Cuando regresé al cuarto, Keyra estaba acostada, dándome la espalda. Quise acercarme, sentarme a su lado y decirle que todo estaría bien. Pero no lo hice. Sabía que, en ese momento, mi presencia no era el bálsamo que ella necesitaba. Ella quería espacio, y yo tenía algo más que atender.

—Volveré más tarde —dije desde la puerta, esperando algún tipo de reacción. Pero nada. Ni un movimiento. Ni una palabra.

Saliendo de la casa, sentí una mezcla de furia y frustración que me quemaba por dentro. Subí al auto, con los pensamientos golpeándome como un vendaval. No podía permitir que todo esto se saliera de control. Había demasiadas cosas en juego, y una de ellas estaba encerrada en la casa que ahora tenía como destino.

Cuando llegué, uno de mis hombres me abrió la puerta principal. La casa estaba en silencio, excepto por los pasos apresurados de las personas que trabajaban allí. Subí las escaleras y me detuve frente a la habitación donde la tenían. Al abrir la puerta, sus ojos se encontraron con los míos. Estaban llenos de lágrimas y súplica.

—Zairo —su voz era apenas un susurro, quebrada, cargada de desesperación.

No respondí de inmediato. Crucé la habitación con calma, tomando una silla y sentándome frente a ella. La tensión en el aire era casi palpable. Ella estaba encadenada, una precaución que no había querido tomar a la ligera. No porque creyera que podría escapar, sino porque quería recordarle que su libertad ya no le pertenecía.

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