Libro I
Nombre de antes DESTINATI A STARE INSIEME
La leyenda afirma que aquellos que estén unidos por el hilo rojo están destinados a convertirse en almas gemelas, y vivirán una historia importante, y no importa cuánto tiempo pase o las circunstanc...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Keyra Lombardi
El silencio era tan denso en la casa que parecía llenar cada rincón. Me costaba respirar, como si el aire también estuviera cargado con el peso de lo que acababa de suceder. Mi corazón palpitaba desbocado mientras las palabras de la exnovia de Zairo resonaban una y otra vez en mi cabeza.
"¿De verdad creíste que podías competir conmigo? Zairo siempre vuelve a mí."
Esas palabras se aferraban a mi mente como espinas. ¿Había sido todo una mentira? ¿Cada promesa, cada mirada? Lo peor era no saber si él las había pronunciado alguna vez o si simplemente no se molestó en negarlas.
—Keyra
El sonido de su voz me trajo de vuelta al presente. Estaba ahí, en la puerta de mi habitación, con esa expresión que solía derretirme pero que ahora me llenaba de rabia y confusión.
—Déjame sola, Zairo —le dije, sin levantar la vista.
—No puedo dejar las cosas así —insistió, dando un paso hacia mí.
Me levanté de golpe, retrocediendo como si su proximidad pudiera quemarme.
—¿No entiendes? No quiero hablar contigo ahora.
—¿De verdad crees en lo que dijo? —preguntó, su tono teñido de desesperación.
—¿Debería dudarlo? —respondí, mi voz cortante—. Dime, ¿qué parte de todo esto fue real?
Él abrió la boca para responder, pero no le di la oportunidad. Salí de la habitación, ignorando sus llamados, y bajé las escaleras a toda prisa. Necesitaba aire, necesitaba alejarme.
Mis pasos me llevaron al jardín, ese lugar que siempre había sido mi refugio. Los girasoles se alzaban majestuosos, como si estuvieran protegiéndome de todo lo que ocurría a mi alrededor. Me dejé caer de rodillas, el contacto con la tierra fría me ancló al momento.
Cerré los ojos, dejando que las lágrimas comenzaran a fluir. Era un llanto silencioso, cargado de preguntas sin respuesta y de un dolor que parecía consumir todo lo que era.
—Keyra.
Abrí los ojos al escuchar esa voz, distinta a la de Zairo, pero igualmente familiar. Paulo estaba ahí, de pie entre los girasoles, observándome con una mezcla de preocupación y algo que no podía identificar.
—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó.
Asentí sin decir palabra, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano. Él se acomodó a mi lado, su presencia sólida y tranquilizadora, pero también incómoda. Había tanto que decir, pero no sabía por dónde empezar.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio—. ¿Por qué nunca me dijiste que no eras mi padre?
Su expresión cambió, y por un momento vi el dolor reflejado en sus ojos.