Capitulo treinta

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05 de diciembre del 2018

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05 de diciembre del 2018

La noche estaba en su punto más oscuro, esa franja de tiempo en la que la ciudad parece desvanecerse, donde las calles desiertas y el aire frío susurran secretos que nadie quiere escuchar. Yo estaba allí, en las sombras, observándola. Keyra.

Años atrás, cuando todo entre nosotros aún parecía posible, solía decirme que no temía a nada, que era invencible. Me reí en silencio. Qué irónico. Esta noche, yo sería su mayor miedo, y ella no tendría dónde esconderse.

Ajusté el pañuelo en mi bolsillo, impregnado con cloroformo, y respiré hondo. Habíamos planeado esto al detalle, calculado cada movimiento. Pero yo había insistido en ser quien la llevara. No podía confiarle este momento a nadie más. Esto era personal. Keyra necesitaba entender cuánto daño había causado, cuánto había destruido, y yo sería el encargado de hacerla pagar.

Ahí estaba ella, saliendo de su edificio con esa postura segura que tanto odiaba y admiraba al mismo tiempo. Llevaba el cabello suelto, meciéndose con el viento. Caminaba con un ritmo que parecía dictado por un metrónomo interno, como si controlara incluso el tiempo. Pero no podía controlar lo que le esperaba.

Esperé pacientemente, siguiendo sus pasos desde el otro lado de la calle. Ella no miraba atrás; nunca lo hacía. Siempre tan confiada, tan segura de que nadie se atrevería a tocarla. Pero yo no era cualquiera.

Cuando giró en la esquina, fue mi señal. Me deslicé tras ella, rápido y silencioso. Podía escuchar sus pasos, ese leve eco contra el pavimento. Aceleré los míos, cerrando la distancia.

—¡Keyra! —llamé, mi voz cargada de una familiaridad que sabía que la haría voltear.

Ella giró la cabeza, y por un breve instante nuestros ojos se encontraron. Los suyos, amplios de sorpresa, se llenaron de incredulidad al reconocerme.

—¿Aibek? ¿Qué estás...?

No la dejé terminar. En un movimiento rápido, cubrí su boca con el pañuelo, apretándolo con fuerza mientras la sujetaba por la cintura.

—Shhh... tranquila, Keyra. Esto no te tomará mucho tiempo.

Ella luchó, claro que lo hizo. Sentí sus uñas clavándose en mis brazos, sus piernas pateando en un intento desesperado por liberarse. Pero yo estaba preparado. Había esperado este momento durante años, y no iba a dejar que se me escapara.

—¡Suéltame! ¡Déjame ir! —intentó gritar, pero sus palabras se apagaron contra el pañuelo.

Sus movimientos se hicieron más débiles, su cuerpo comenzó a ceder. Y finalmente, cayó contra mí, inerte. El cloroformo había hecho su trabajo.

—Buena chica —murmuré, levantándola con cuidado. Su rostro estaba relajado ahora, ajeno a lo que vendría.

Caminé hacia el auto, estacionado a unos metros de distancia, y la coloqué en el asiento trasero. Asegurándome de que estuviera bien atada, ajusté los cinturones y cerré la puerta. Con las manos firmes en el volante, conduje hacia el punto de encuentro.

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