CAPÍTULO ESPECIAL

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Episodio 47: Padres y sus malas costumbres

Alec POV

—Hera —Jace llama a la puerta—, ¿has visto a Alec?

Trago grueso, confiando en que Jace no abrirá la puerta sin permiso, sin una confirmación por parte de la castaña junto a mí. Siento la ansiedad morderme las puntas de los dedos antes de introducirse en mi cuerpo sin permiso alguno, luego el pánico la imita. Hera me mira a los ojos, tan de cerca que resulta abrumador, y se mejor que nunca que sabe a ciencia cierta lo que siento en este mismo momento.

Su aliento caliente sigue chocando contra mi rostro. Aún así no logro entender lo que dice por lo bajo, antes de alzar la voz.

—¡No, no lo he visto! —grita, su voz resonando fuerte en mis oídos. No titubea al mentir, tan solo pestañea y lo hace sin apartar la mirada.

Escucho los pasos alejándose y lo tomo como la señal de que es hora de guardar distancias, porque si vuelvo a tenerla a sí de cerca, con su fragancia a frutos y perfume omnubilando mi juicio, no sé qué haré. O en realidad sí sé, y quizás eso es lo que más me preocupa.

Mientras mis dedos envuelven el manubrio dorado, siento más frío que nunca. A pesar de que ahora se encuentra casi en el otro extremo de la habitación rebuscando en su estantería repleta de libros y cómics, su fragancia me sigue emborrachado. Tomo una profunda respiración, aprovechando que estoy de espaldas mientras me juro a mi mismo que no se repetirá. Mentiroso.

Abrí la puerta escuchando a las bisagras quejarse. Sacó un pie, la punta de la bota negra asomándose en el pasillo. Me concentro en los ruidos de nuestro entorno, pero no hay más que silencio a excepción del sonido que hace la castaña cuando pasa una página de un libro. Me permito girarme, ella enfrascada en un libro de tapa dura cuyo título no alcanzo a leer. Tiene algunas páginas marcadas con pequeños plásticos de colores de fino grosor. No necesito fijarme mucho más para saber cuán amante de la lectura es, suficiente es con ver lo bien conservado que están los diferentes libros. Si cuida así un libro... ¿Cómo cuidará de un corazón?

—¿Pasa algo? —inclina su cabeza. Su voz suena en un tono mucho más bajo en comparación con antes, y siento la necesidad de arrancarme el corazón del pecho y dejarlo en sus manos. ¿Lo mirará de la misma forma en que lee las palabras?

A veces está leyendo mientras come. Tan sumergida en la lectura que se olvida de que tiene un plato a rebosar de comida, y cuando se lleva la siguiente cucharada a la boca está casi fría. Entonces, es cuando arruga su nariz y niega con su cabeza, disconforme. Maldiciendo por lo bajo deja marcada la página en la que va y debora lo que le queda en el plato casi a las carreras. Cada vez que la veo comer así, no puedo evitar sorprenderme que no se atragante. Pero sin duda, lo que más llama mi atención son las muecas y expresiones que se apoderan de su rostro a medida que va avanzado en su lectura. Es una debora libros. Ni si quiera estoy seguro de dónde saca tiempo para leer.

—A la mierda —farfullo.

Asomo mi cabeza solo para asegurarme y cierro la puerta. Me encamino hacia ella con rapidez, con temor a arrepentirme si me tardo más de la cuenta. Ella me mira expectante, totalmente ignorante de mis intenciones. Su boca entre abierta, sus labios brillantes gracias al bálsamo labial al cuál tanto ella como mi hermana se habían vuelto obsesionadas. Solo espero que Izzy esté en lo cierto, y sepa también como me dijo que lo hace.

AlecDonde viven las historias. Descúbrelo ahora