El duelo y la venganza part. 3

31 5 0
                                        

Se abalanzó hacia mí de la misma forma en que lo había hecho su padre. Sin embargo, ella sí sabía pelear. Forcejeamos unos minutos entre golpes limpios y jalones de cabello. No debió haberse medido conmigo. También la arrojé por la ventana. Era culpa de ellos por no conocer a su oponente.

No me molesté en mirar como su cuerpo caía. Necesitaba encontrar a Fernanda y vengarme por todos sus actos.

Salí por la única puerta. Procuré no hacer mucho ruido. Resultaba que esa pieza vacía solo era eso. Una habitación. Estaban realmente en un departamento. Comencé a registrar cada una de las zonas de la casa que se me atravesaban. Traía en mi mano un trozo de vidrio. El mismo con el que corté las sogas y herí mis manos. Temblaba, más no por miedo. Había utilizado mucha fuerza empujando a los dos por la ventana.

Seguí caminando de todas formas hasta que me encontré a Fernanda en la cocina. No había escuchado nada de lo que había pasado porque tenía la llave del agua dada. La asusté con mi presencia.

—¿Vas a preparar espagueti? Considérame, solo tú sabes lo mucho que me gustan —agregué acorralándola.

—¿Qué le hiciste a mi hija? —se atrevió a preguntar de una forma que me resultó bastante hipócrita.

—Si bajas a las afueras del edificio lo podrás averiguar.

—No —se largó a llorar.

—¿Puedes llorar honestamente? —quise saber.

—Maldita —cortó sus lágrimas de golpe y sacó un arma de su pantalón—, te voy a matar, pero primero vas a sentir todo el dolor que se puede experimentar —disparó.

Me impactó la bala en el muslo de la pierna derecha. En efecto, me dolió tanto que tuve que dejar caer el vidrio para llevar mi mano a la herida. No fue suficiente. Un segundo disparo me impactó en el abdomen. Caí al piso.

No podía creer que mi fin llegaría antes de obtener mi venganza. Estaba comenzando a ver borroso producto del intenso sufrimiento que me provocaban las heridas. Estaba en el piso una vez más. Había tanta sangre regada por todas partes que daba la impresión de que habían matado un animal. Mi cabello rubio se volvió rojo, al igual que mis ojos. Lo pude ver en un espejo. Un fin trágico, ¿no? Pero ustedes saben que estoy relatando esta historia, aún no he muerto. Se descuidó cinco diez segundos. Tenía el maldito hábito de contar inconscientemente, era experta calculando tiempo. Tomé con la fuerza que me quedaba el vidrio roto y silenciosamente me puse de pie. No supe en qué momento se lo enterré en la carótida. Lo disfruté. Esa es mi decisión. Disfruté haber matado a la mujer que me ultrajó la vida. Disfruté matarla a ella y al hombre que nos desapropió. Tahína solo fue un mal efecto colateral. 

DesapropiadosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora