Jeff Hudson estaba en las practicas de tiro. Lo habían dejado ahí mientras Harrison se encargaba de las identificaciones y tarjetas de crédito que habían encontrado. Al parecer, su jefe seguía molesto por haberse involucrado en la operación. A él no le importaba un comino, pero ahora, después de que Harrison lo amenazara con un arma, se sentía diferente. Había comprendido que aquel hombre iba en serio con lo de atrapar a la chica. Lo veía en sus ojos, en la manera en la que hablaba... Sus órdenes habían sido específicas. Atraparla a cualquier costo, pero que ella quedara ilesa. Al principio, Jeff había pensado ingenuamente que pediría alguna clase de rescate a Eric Shields, pero después ya no estaba tan seguro. El disparo borró sus pensamientos. Había fallado de nuevo. Se sentía como un idiota. Recargó de nueva cuenta. Sonrió al darse cuenta de que era excepcionalmente bueno recargando la pistola. Volvió a apuntarle al centro de la silueta de cartón y disparó, fallando de nueva cuenta. Se quitó los tapones auditivos y los lentes, y los lanzó al suelo. No estaba hecho para eso. Había comprado su título, no sabía hacer nada que no fuera divertirse. -¡Hudson! ¡Quiero cincuenta burpies!- le gritó su entrenador, que evidentemente estaba más que decepcionado del terrible rendimiento que tenía. Jeff refunfuño, pero empezó el ejercicio. Mientras brincaba, se dio cuenta de que la camioneta negra de Harrison salía del estacionamiento a toda velocidad. No le importó. En aquel momento, adolorido por el ejercicio, frustrado y sudoroso, se dijo que no le importaba. Quizá, después de todo... No quería ser el gran héroe. O al menos no si tenía que seguir las reglas sucias y crueles de Harrison.
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Erin estaba calentando en el suelo de su habitación con Born to Die de Lana Del Rey. Tenía sus pensamientos muy lejos de lo que estaba haciendo. Se estiró, hizo splits. Se levantó y comenzó a simular una pelea, en la cual esquivaba golpes y los bloqueaba. Había refundido su miedo en lo más profundo de su corazón. No la iban a atrapar. O al menos no hasta que se vengara. Estaba segura de que no recibiría más ayuda de su padre. Había asesinado al único informante que tenía. Lo había comprendido un poco tarde, pero al menos lo había hecho. Ahora, la opinión que tenía acerca de su padre había cambiado. Uno de sus audífonos se le cayó, y escuchó que alguien llamaba a su puerta. Se quedo paralizada, respirando entrecortadamente y con el corazón saliéndose del pecho. -No es él. Tienes tiempo, te compraste dos días más. Dos días más- susurró mientras se acercaba a la puerta, tratando de creerlo. Una parte de su cabeza le decía que si era Harrison debía asesinarlo ahí mismo. Su sentido común le gritaba que si era Harrison saliera huyendo como lo había hecho 8 años antes.
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Harrison sonrió cuando la puerta se abrió y pudo ver los ojos asustados de la chica. -Harrison- susurró ella y cerró la puerta, pero él metió el pie y la volvió a abrir de golpe mientras ella se precipitaba adentro, con lágrimas en los ojos. -¡Ayuda!- gritó. Harrison sacó su pistola y le apuntó a la cabeza. La chica se había callado de golpe y ahora solo miraba el arma con los ojos como platos. -¿Cuanto tiempo sin vernos, Hayley?- saludó Harrison mientras levantaba a la chica menuda de cabello castaño y ojos azules. -Pensé que ya no iba a verte jamás, Harrison- se removió ella, aterrada. El agente la lanzó a una de las sillas del comedor, y le pasó un ordenador portátil. -¡Ah, pero si me espías todo el tiempo! Yo creo que me extrañas, Hayley- comentó con sarcasmo. Hayley lanzó su laptop al suelo. -Lo hago porque ese es mi trabajo- respondió ella, llena de furia. Harrison volcó la mesa, y la chica retrocedió, aterrada. El hombre tenía una mirada depredadora. -Ese era el trabajo que te daba Benedict, pero él ya no está...- susurró con voz melosa. La espalda de Hayley dio con la pared cuando Harrison la lanzó. La chica perdió todo el aire, y chilló cuando Harrison la tomó del cuello. -¡Por favor! ¡Yo solo hacia mi trabajo! ¡No volverá a pasar!- gritaba en vano. Harrison disfrutaba con el sufrimiento de Hayley. Mucho. Se acercó a su oreja y le dio a escoger. -¿Te rompo el cuello, o te meto una bala en la cabeza?-. Hayley pidió clemencia, pero el agente gozó al escuchar la traquea de la mujer romperse.
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Erin se sentó en la cama, despues de despedir a la mucama que había llamado a su puerta. Se regaño a sí misma por permitirse sentir miedo. Ya le dolía todo el cuerpo. Entró a la ducha y dejó que el agua fría corriera por su cuerpo marcado. Erin odiaba cada centímetro de su cuerpo, porque no había un solo lugar en el que no tuviera una cicatriz. La más reciente era la de su brazo. A veces, se las miraba en el espejo y pensaba que a ningún chico le agradaría su cuerpo. Y luego recordaba quién era, y los chicos desaparecían de su futuro. Benedict la había puesto a pensar. ¿En verdad ella jamás besaría a alguien? Su respuesta en aquel momento había sido no... Y todos los días se lo repetía. No. Salió del baño, y se miró en el espejo. -Esto es lo que eres, te guste o no- dijo en voz alta. Recorrió con su mirada cada cicatriz visible, y antes de que las lágrimas llegaran, le lanzó un puñetazo al espejo.
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Jeff se cubrió inútilmente con sus manos el cuerpo desnudo. Al salir de las duchas se encontró con una sorpresa, o más bien dicho, con una persona nada grata. Harrison lo estaba esperando. -Hudson- saludó él y le lanzó una toalla. Jeff la tomó y regresó a la ducha un poco cabreado. -¿Que puede ser tan importante para que vengas a sacarme de la ducha?- preguntó mientras se envolvía en la toalla. -Necesito que comiences a trabajar buscándola- dijo Harrison. Jeff salió de la ducha, esta vez impasible. -A lo mejor ya no quiero trabajar en esto... No soy bueno en esto- comenzó él, mientras aprovechaba su valor. Harrison se levantó y se acercó a él. Con voz fría y ojos asesinos, le susurró: -Estás dentro te guste o no, y la vas a atrapar para mi-.
Jeff se quedó solo, mientras sentía un escalofrío.
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La Última Jugada
AzioneMi padre me dice que esto es un juego de Ajedrez. Que el mundo es el tablero, y que la organización y nosotros somos las piezas. Apuesto a que estoy en el lado blanco, aún cuando mis manos están llenas de sangre. Aún cuando a mis espaldas solo hay m...
