IV

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Alexia Putellas estaba de cuerpo presente en aquella sala, pero su cabeza estaba en otro plano completamente diferente

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Alexia Putellas estaba de cuerpo presente en aquella sala, pero su cabeza estaba en otro plano completamente diferente. Elena Garay no se había dignado a mirarla ni un sólo segundo. Manteniendo las apariencias en cuanto a protocolo, había evitado por todos los medios tener que enfrentarse a aquellos ojos de nuevo. No sabía si estaba preparada para que aquello no le provocara nada. Sin embargo, en medio de esa guerra por ser vista y por mantenerse oculta, un par de docenas más de personas asistían a un acto que podría cambiar el mundo del deporte y al que ellas también estaban invitadas.

Irene Lozano continuaba, con el micrófono en mano y una pequeña presentación a la espalda, explicando cuáles serían sus siguientes movimientos.

—Para ello —continuó—, contamos con grandes periodistas como María Tikas, que se ocupará de que el mundo sepa a qué clase de gente nos estamos enfrentando y qué clase de chapuzas e ilegalidades se llevan a cabo en sus despachos. La guerra mediática será feroz, ya sabemos cómo se las gastan, pero confiamos en que será capaz de llevarlo a cabo.

De entre la gente, que se deshacía sin parar en aplausos ilusionados por el cambio, surgió una mano agradeciendo la bienvenida. En aquel año, María Tikas se había convertido en una de las periodistas más importantes del país y con gran influencia internacional.

—Para pelear nuestro camino entre los distintos directivos y empresarios del país tenemos una cara conocida, respetada y confiable. Un hombre que siempre ha estado ahí y que seguirá estando. Un aplauso para Carles Puyol, que se encargará de las relaciones públicas nacionales y conseguir apoyos dentro de los palcos.

Al igual que María Tikas, el nombrado agradeció con las manos y una sonrisa muy amplia. Alexia se habría alegrado enormemente de su presencia, si por lo menos hubiera escuchado alguna de las palabras que se habían dicho desde que aquel agujero negro se tragaba el escenario sin que nadie más que ella pareciera verlo.

—Para ganarnos la confianza de nuestra gente, de nuestros aficionados, nuestra propia leyenda deportiva. Hemos invitado hoy a acompañarnos a La Reina, la grandísima Alexia Putellas!

Todas las cabezas se giraron hacia la rubia, absorta todavía en su propio pasado. Los aplausos eran ensordecedores. Muchos de los presentes, ahora enterados de su presencia, se emocionaban todavía más ante la idea. La doble balón de oro, una de las mejores deportistas que alguna vez había parido el país podía estar próximamente entre sus filas, de su lado y por su causa.

Y entonces pasó lo inevitable. Los ojos de mil colores de Elena Garay se clavaron en los de Alexia, atravesándolos hasta la nuca y estrellándose en la pared del fondo. La exfutbolista comenzaba a dudar de que alguna vez hubiera respirado, de que existiera aire en aquel enorme salón.

Había silencio ahora, esperando alguna palabra de la leyenda. Todo el mundo la estaba mirando, pero Alexia la estaba mirando a ella. Sólo a ella.

Podría haberse quedado ahí mil años. Todos los que ella había estado muerta. Allí estaban de nuevo las dos tiradas en una cama de noventa de un piso de estudiantes, dándose su primer beso, cogiendo su mano por primera vez pensando si le parecería extraño. Cocinando con sus brazos rodeándole el abdomen, exhalando contra su cuello. Estaban en Barcelona, estaban en el césped enseñando a Elena a dar un par de toques seguidos, repasando un examen a las tres de la madrugada, estaban ahí y en todas partes. Era sobreestimulante, Alexia sentía como si su mundo diera vueltas tan rápido que la fuerza centrífuga la lanzaría a la otra punta del universo. Y un codazo en las costillas la hizo pestañear.

Volver a casa || Alexia PutellasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora