Es el año 2027. Tras la operación de ligamento, la recuperación de Alexia, que parecía muy prometedora, se vio truncada por una complicación tras otra. El tiempo, una lenta recuperación y la edad, terminaron por alejarla del fútbol profesional.
Aunq...
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Elena estaba exhausta.
No había sido el día que más trabajo había llevado. Eso podía asegurarlo. Tan sólo había tenido que asistir a un par de reuniones y contestar algunos correos electrónicos. En cuanto a lo que trabajo se refería, había sido un día tranquilo. Centrándonos en lo demás, todo lo contrario.
No podía sacarse de la cabeza el error. No paraba de cagarla. No podía explicárselo. Cualquier plan que pudiera tener, si traía consigo la variable "Alexia", se volvía un completo desastre. Pero, ¿cómo podía culparse por haber intervenido en una situación como aquella?
Lo único que Elena podía esperar mientras cerraba la puerta de su coche recién aparcado en la entrada de casa, era que a Alexia, su presencia, no la hubiera desestabilizado más de lo que lo hubiera hecho la pregunta de aquel periodista sin nada mejor que hacer que tratar de tirarla por los suelos.
Colgó el bolso de su hombro derecho y suspiró con cansancio. Se apartó el pelo de la cara y trató de recuperar su estado habitual. Aquel que no estaba corrupto por haberla visto otra vez. Todavía sentía su mano sobre la suya. Negó con la cabeza tratando de deshacerse de todas las imágenes de su rostro que su cerebro generaba por segundo. Era parte del pasado. Y ahí debería haberse quedado.
Cerró el coche y taconeó hasta la puerta de entrada. El recibidor estaba a oscuras. Buscó la llave de la luz en la pared al tiempo que dejaba sus zapatos y el bolso en la entrada. Después, ya con la estancia iluminada, dejó el abrigo en el perchero y se encaminó por el pasillo.
Podía ver una tenue luz de color azulado proveniente de la sala de estar. Caminó descalza y sin hacer ruido hasta la estancia y abrió la puerta con cuidado.
—¡Mamá!
Una niña con el rostro cubierto de pecas y los ojos de mil colores abandonó el regazo del otro ocupante del sofá en dirección a la asturiana. La abrazó con fuerza y Elena le devolvió el abrazo.
—Hola, cielo —La saludó, dejando un beso en su cabeza—. ¿Qué estáis haciendo? ¿No deberías estar durmiendo ya? Es tarde —dijo mirando al hombre que estaba frente a ella.
—Decidimos esperar a que volvieras —explicó sin muchas ganas—. Hemos puesto una película.
—Genial —respondió mientras su hija la arrastraba de la mano de vuelta al sofá y se acurrucaba contra ella.
Eran las diez de la noche. Su hija de seis años hacía dos horas que debería estar en la cama. A David siempre le solía parecer demasiado pronto, pues nunca había terminado de habituarse al horario inglés. Era común encontrarlos jugando pasada la hora de dormir. Por ello, una vez pudo apoyarse y rodearse del brazo de su madre, no tardó mucho más de media hora en quedarse profundamente dormida.
Siguieron viendo la película en silencio. No quedaba mucho más y tampoco había nada mejor que hacer. Los créditos aparecieron en pantalla y David se puso en pie al instante. Se frotó sus ojos oscuros y miró a las dos mujeres. Él también estaba cansado.