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Alexia tomó otra de las piedras del fondo, sumergiendo casi medio brazo en el agua y arrancándola de debajo de algunos centímetros de arena

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Alexia tomó otra de las piedras del fondo, sumergiendo casi medio brazo en el agua y arrancándola de debajo de algunos centímetros de arena. La observó con cautela. Parecía una buena candidata. Sus bordes eran redondeados y pesaba lo suficiente como para que el impacto la hiciera rebotar sin dejarse llevar por el viento que en aquel momento le descolocaba el pelo.

—Prepárate —advirtió, hundiendo sus pies en la arena.

La rubia lanzó la piedra a la altura de la superficie del mar. Por desgracia para ella, estaba un poco desviada. La perfecta piedra que Alexia había estado buscando por la orilla durante los últimos diez minutos dio un primer bote torpe, haciéndola girar sobre sí misma y terminar en el fondo del agua de nuevo.

Se contuvo. Lo que más deseaba en aquel momento era tener una rabieta. Había escogido la mejor piedra. La mejor. La había lanzado perfectamente. No era justo. No había sido nada justo.

Martina la observó desde un metro más atrás. Incapaz de disfrutar de una victoria contra su novia, como era lo habitual. Alexia no podía perder a nada, a absolutamente nada. Caminó hasta detrás de ella y coló sus brazos alrededor del cuerpo de la deportista.

—Ha sido una ola traicionera —Mintió. El mar estaba completamente en calma—. La habías lanzado genial. Y era una buena piedra.

—Quizás podría buscarla y lanzarla de nuevo.

Martina contuvo una risa. Negó con la cabeza y buscó otra piedra con muchísimo menos esfuerzo que la rubia. Parecía lo suficientemente plana como para lanzarla, así que se la tendió a su novia.

—Ten —Alexia la tomó entre sus manos—. La estaba reservando por si batías mi récord, pero me has dado un poco de pena.

—La acabas de coger —La exfutbolista rodó los ojos.

—Pero ya le había echado el ojo hace como media hora —Martina alzó ambas cejas haciéndola reír

Alexia recuperó su posición inicial y lanzó la piedra que acababan de entregarle, haciéndola rebotar tres veces. Martina aplaudió enérgicamente y la rubia rodó los ojos.

—¿Has visto? La tenía fichada.

—Has tenido suerte de que sea una gran lanzadora —Se chuleó Alexia, ganándose un codazo.

—Sigues siendo tan sólo la segunda mejor lanzadora de aquí.

Alexia se rio un poco, aunque no le hubiera hecho demasiada gracia y Martina la besó.

Estaban bien. No podía decir lo contrario. Desde por la mañana, habiendo decidido pasar el día juntas antes de que Martina tuviera que irse, tenía la sensación de que estaban como siempre. Se sentía cómoda de nuevo con ella, como era natural. Quizás el amor sano sí era eso, comodidad, estabilidad. Hacer vida en compañía de una persona que te conozca lo suficiente como para entender el porqué de las decisiones que tomas.

Volver a casa || Alexia PutellasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora