LXIII

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Elena se despertó de un sobresalto

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Elena se despertó de un sobresalto. No sabía cuánto tiempo había dormido, ni siquiera la hora del día, pues había bajado todas las persianas. La televisión seguía encendida frente a ella. Llenaba el salón con una luz azulada y fragmentos de voces que se mezclaban con el zumbido eléctrico del aparato, pues había tenido el cuidado de bajar el volumen, pero no la fortaleza de apagarla y dejarse sola en el silencio.

Seguía vestida con el pantalón de pinzas retorcido contra las piernas, la camisa medio desabotonada y el olor agrio del cansancio pegado a la piel. Sintió ganas de vomitar al sentir el sabor de su última bebida el día anterior todavía en la boca. Maldijo al recordar que ni siquiera se había lavado los dientes. Se incorporó despacio, sintiendo cómo las cervicales le protestaban después de haber pasado la noche en aquel sofá barato.

Ni siquiera podía decir con seguridad los días que habían pasado. El apartamento tenía esa frialdad características de los lugares alquilados para un par de días: paredes blancas, muebles impersonales, un reloj sin pilas que no marcaba la hora. No había nada suyo allí salvo aquella maleta tirada en una esquina que había pedido a alguien del cuerpo técnico que trajera, un par de zapatos desordenados y el portátil en la mesa. Eligió aquel Airbnb precisamente por eso, porque no tenía memoria, porque era neutro, porque era lo completamente opuesto a compartir pared con Alexia. Necesitaba espacio. O al menos, eso se repetía a sí misma.

Había pensado en llamar a Xenia, en pedirle algo de ayuda; pero después de asegurarse de que su hija estaba bien, había sido la rizada la que, viendo todo lo que había pasado, había propuesto a la directora deportiva ocuparse de su seguridad mientras ella se hacía cargo de la crisis en la que la federación se había visto envuelta. Una gran idea, de no ser porque aquello ya no dependía de ellos y nadie le había pedido nada más que esperar. Y esa espera estaba destrozando el poco equilibrio que le quedaba.

Después de todo lo había visto a él. Hacía años que no veía ni siquiera una foto suya, que no recordaba cómo sonaba su voz, a qué olía. Y la había visto a ella. A esa vieja Alexia descontrolada, irreconocible que había abandonado para ver desaparecer.

En aquel momento Elena no quería estar sola, pero tampoco quería estar con nadie más. Ni siquiera con ella misma, a quien hacía desaparecer entre sorbos de lo que fuera que hubiera comprado en el supermercado de abajo.

Se levantó, tambaleándose, y fue hasta la cocina. El suelo estaba helado bajo sus pies descalzos. Se sentía asquerosa. Miró hacia las botellas, viendo si aún quedaba algo más.

Había sido suficiente. Abrió un armario, sacó una taza cualquiera y la dejó frente a la cafetera de cápsulas. Podía haberse preparado un café, pero se quedó quieta, los dedos apoyados en la porcelana como si necesitara un punto de anclaje. El gesto mecánico de preparar algo caliente no fue suficiente para distraerla de lo único que de verdad ocupaba su cabeza: Alexia.

Otra vez lo mismo. Otra vez la misma huida, el mismo vacío, el mismo miedo. Sabía perfectamente que marcharse la vez anterior no había servido de nada. Alexia no se curó con su ausencia, no salió adelante gracias a ella. Al contrario: se rompió. Y aún así, aquí estaba, repitiendo el patrón con la desesperación de quien sabe que no tiene herramientas para hacer otra cosa.

Volver a casa || Alexia PutellasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora