LXI

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Alexia caminaba con paso firme, siguiendo sin reparos las indicaciones de aquel hombre que, sin duda la llevaba hacia una situación que no hace demasiado tiempo le hubiera resultado insostenible

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Alexia caminaba con paso firme, siguiendo sin reparos las indicaciones de aquel hombre que, sin duda la llevaba hacia una situación que no hace demasiado tiempo le hubiera resultado insostenible. Pero no ahora.

Lo sabía porque no había mirado el suelo al avanzar. Ni había dudado al apoyar la mano en la puerta, ni había sentido esa presión en el estómago que la había acompañado otras veces al enfrentarse a figuras de poder. Pensó que el miedo había caducado. Pensó que estaba lista.

Y fue por eso que cuando le vio, cuando la impresión de conectar sus ojos con los suyos le aprisionó la garganta como tratando de asesinarla con una sola mirada, se sintió más frágil que nunca.

Se arrepintió de cerrar la puerta, de haberse atrevido a aparecer, de haberse relajado lo suficiente, de haberse atrevido a olvidar.

Se había repetido tantas veces que todo estaba bien, que todo había pasado, que si hubiera sido tan fuerte, si hubiera pasado por tanto como ahora hubiera podido con ello. Con todo, con cualquier cosa. Se lo había repetido tantas veces que había cometido el error de creerlo.

Se había imaginado montones de veces en aquella misma situación, se había preparado para enfrentar ese mismo momento incontables noches. Había fantaseado con distintos desenlaces, se había desvelado con las pesadillas de otros muy diferentes. Y en ese momento, cuando le vio de frente, supo que la mejoría, que la fortaleza, que la resiliencia, todo era un fraude. No estaba tan lejos de aquella niña que no pudo soportarlo.

Lo había visto en fotos, en vídeos, en cualquier cosa que le permitiera saber de él, simular una pequeña situación de control, de seguridad sobre sus movimientos, su localización, sus actividades, sus intereses. Se había preguntado cuánto medía, se había visualizado frente a él, se había imaginado su fuerza, su velocidad, sus oportunidades. Pero nunca había llegado a tenerlo cara a cara, a saber si toda su preparación sería suficiente para sentirse segura.

Podía reconocer el paso del tiempo sobre él. Ligeramente cambiado desde las últimas fotos que recordaba. Pasaba ya de los setenta años. Su pelo y cejas eran completamente blancos y sus gafas redondas lo hacían parecer todavía más entrañable, como un abuelo inofensivo. Y eso la ponía enferma, la hacía sentir incómoda, intranquila.

Lo vio de frente y el mundo se le cayó encima. No hubo gritos, no hubo amenazas. Sólo esa mirada seca y afilada, la que sabía exactamente lo que estaba provocando en ella, desenterrando aquello que había querido hacer desaparecer. Su cuerpo la traicionó en su fortaleza, la garganta colapsó, la boca olvidó las palabras, el corazón se contrajo como si aquel hombre lo espachurrara entre sus manos.

Era el tipo de rostro que el mundo había aprendido a celebrar sin preguntar. El tipo de presencia que podía sentarse en una cena familiar sin que nadie pensara en lo que callaba. Y ella lo había callado tanto tiempo, con tanto esfuerzo, que verlo ahí —tan ordenado, tan humano, tan viejo— era como mirar la prueba viva de que el mal no siempre grita. A veces sólo envejece.

Volver a casa || Alexia PutellasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora