Es el año 2027. Tras la operación de ligamento, la recuperación de Alexia, que parecía muy prometedora, se vio truncada por una complicación tras otra. El tiempo, una lenta recuperación y la edad, terminaron por alejarla del fútbol profesional.
Aunq...
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—No te voy a mentir. Estoy un poco decepcionada.
Alexia cerró la puerta del coche con un chasquido y se cruzó de brazos mientras echaba un vistazo a su alrededor. Elena había aparcado en un camino de tierra, rodeadas de maleza que se retorcía con la brisa y con los mosquitos zumbando en sus brazos descubiertos. No había casas a la vista. Ni personas. Y, con suerte, tampoco animales.
Elena la fulminó con la mirada desde el otro lado del coche mientras forcejeaba con las maletas. El calor hacía que su paciencia se esfumara más rápido de lo habitual. Bufó cuando logró sacar la última y la dejó caer con fuerza a los pies de Alexia.
—Claramente no es aquí. ¿Tú ves la playa? —espetó.
Alexia recogió la maleta del suelo con falsa molestia.
—¿Y para qué nos traes al medio de la nada? ¿Vas a matarme?
Elena ignoró la provocación. Se tomó un instante para cerrar el coche y contar mentalmente las bolsas que había sacado del maletero. Después, dio un par de pasos hacia la rubia.
—Me lo estoy pensando —sentenció. Tomó un par de bultos y comenzó a andar camino abajo. La catalana no tardó en seguirla llevando a cuestas la maleta grande—. Si la casa estuviera pegada a la carretera, la escapada sería una mierda —añadió Elena con convicción.
Unos cien metros más abajo, en medio de la maleza, Elena encontró la escalera que estaba buscando. Alexia continuó un metro tras de ella con curiosidad. Aunque la idea de alejarse de todas las responsabilidades que tenía no le había resultado demasiado apetecible en un primer momento, se alegraba de que le resultara imposible negarse a cualquier plan con la chica de los ojos policromáticos, pues ahora no había nada que le apeteciera más que el que esas plantas tropicales las envolvieran del todo y no volvieran a reunirse con la civilización y sus problemas nunca más.
Por suerte o por desgracia, sus pies tocaron la playa pocos minutos después y los zapatos de Alexia se llenaron de arena. Elena esbozó una sonrisa satisfecha cuando una ola rompió no más cincuenta metros más adelante de ellas.
—¿Sigues decepcionada?
Aunque en realidad no lo había estado nunca, no. No lo estaba.
La arena era ligeramente más gruesa que la última playa en la que había estado. Pudo notarlo en el momento en el que se deshizo de las zapatillas y dejó las maletas en el pequeño porche de la entrada.
Era una playa completamente desierta. No se escuchaba un sólo ruido que no formara parte del ecosistema de la costa brasileña. Frente a ellas, el mar rompía con suavidad, como si con un poco más de voluntad pudiera tragarse la casa entera, pero simplemente no le apeteciera. No había más que un par de construcciones similares a lo lejos, desperdigadas a varios cientos de metros, pero ninguna presencia humana. Solo ellas. Solo la playa desierta y el sonido monótono del océano.