Es el año 2027. Tras la operación de ligamento, la recuperación de Alexia, que parecía muy prometedora, se vio truncada por una complicación tras otra. El tiempo, una lenta recuperación y la edad, terminaron por alejarla del fútbol profesional.
Aunq...
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--Déjelo todo en esta bandeja, por favor.
Obedeciendo las órdenes del agente, Alexia posó en la bandeja su teléfono móvil, sus cascos inalámbricos y su cartera. El hombre, cansado ya al inicio de su jornada, metió sus pertenencias en una bolsa de plástico hermética y las guardó en algún lugar entre cajones y mesas que Alexia no pudo identificar.
Una mano rozó su espalda.
—Por aquí.
La rubia dedicó una mirada a su acompañante. Marta Cardona asintió.
Alexia sabía de buena mano cómo la exjugadora del Atlético de Madrid había sufrido para compaginar los entrenamientos con la carrera de derecho hacía no demasiados años. Los años compartidos en la selección española hicieron imposible para la zaragozana negarse a tomar aquel avión con Alexia.
Tenía prisa por llegar, desde luego; pero también tenía el suficiente temple como para no presentarse allí sin una abogada. Una en la que confiara.
Las dos mujeres siguieron al policía hasta una de las salas del fondo de la comisaría. Había visto copias bastante similares de la misma en montones de series y películas. No pudo evitar mirar con recelo el espejo del fondo. Aunque nadie fuera a tener interés en un caso tan simple como el suyo, se había dado cuenta de que algunos de los agentes la habían reconocido. Irene Lozano la mataría.
Marta bostezó con ganas mientras tomaba asiento y la rubia no pudo evitar imitarla. Llevaban dos horas esperando en comisaría, dos horas de viaje y tres horas en el aeropuerto de Barajas. Ninguna de las dos había dormido en toda la noche.
El que parecía ser el fiscal, con una cara de lo más compresiva para las horas que eran, ofreció a las exjugadoras un café de máquina. Ambas aceptaron.
La declaración no fue larga. Lo suficiente para atestiguar las versiones, una llamada de insistencia y otra larga espera hasta que Lexi se presentó en comisaría.
Por suerte, una estrecha comunicación con NOVA, que estaba ocupándose más del deseo de Elena en alejar a su hija de su madre y su exmarido que de sacarla a ella del calabozo, permitió que la pequeña estuviera al tanto de la maniobra antes de presentarse en aquella comisaría de Londres.
Todavía desperezándose, una policía de unos treinta y cinco años, aporreó los barrotes de la celda donde Elena conseguía sus primeros minutos de sueño en aquella madrugada.
Sobresaltada, la asturiana se sentó sobre el pseudo-colchón en el que había estado tumbada las últimas trece horas.
—¡Arriba! —exclamó la mujer, buscando que espabilara lo más rápido posible—. Puedes salir. Han venido a buscarte.