LVI

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La campanita sobre el marco de la puerta sonó, suave, avisando de la entrada de clientes sin llegar a ser molesto

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La campanita sobre el marco de la puerta sonó, suave, avisando de la entrada de clientes sin llegar a ser molesto. Alexia lo escuchó como un zumbido lejano al empujar la madera con el hombro y sintió la corriente del aire interior envolverla.

El aroma a café la hizo respirar hondo. Era una cafetería pequeña y con bastante encanto, luces cálidas, postres horneados y gran variedad de bebidas calientes. La seleccionadora solía reunirse allí con su familia en el día libre después de los partidos para hablar, relajarse, tomar tierra y, por suerte, en las últimas reuniones, ser felicitada. Por ello, ni Eli ni Alba pensaron nada raro sobre su plan de aquella tarde.

Eso no es algo que vaya a decidir mi madre.

Lo había dicho con seguridad, sin dudar, con la espalda recta y la voz firme.

Elena buscó la duda por unos segundos, trató de leerla en silencio, para asegurarse de que realmente sentía lo que decía. Luego había sonreído.

Vale.

Y para Alexia el mundo se había vueltoa a acomodar bajo sus pies, pero en aquel momento, tras dar el primer paso en el interior de aquel establecimiento, esa seguridad se había venido abajo al encontrar a su hermana con ambos codos apoyados en la barra y esperando para llevarse un muffin de vuelta a la mesa donde esperaba su madre.

Aquella campanita sobre el marco de la puerta, que había sonado tan suave, que avisaba de la entrada de los clientes sin llegar a ser molesto y que Alexia escuchó como un zumbido lejano hizo que girase la cabeza hacia la derecha y, como si alguien la hubiera tirado de golpe a la piscina en la que planteaba entrar después de comprobar la temperatura con la punta del pie, la catalana sintió un escalofrío.

Entonces lo vio. El cambio.

Los ojos de Alba recorrieron la mano de su hermana hasta verla entrelazada con la de una mujer con ojos de colores que prefería no haber reconocido tan rápidamente. El pequeño espacio que había entre ambas y la firmeza con la que se sostenían era más revelador que cualquier palabra. Su expresión se cerró, como si la festividad del encuentro se hubiera agotado hasta convertirse en un funeral. Sujetando el postre que acababan de entregarle, apartó la mirada de Elena con desdén y caminó hasta la mesa donde esperaba su madre, con una taza humeante entre las manos y ninguna idea de en lo que se acababa de convertir su merienda.

Alexia sintió cómo su cuerpo entero se tensaba.

¿Y si tu madre se lo toma aún peor que Alba?

Elena le había deslizado la pregunta con suavidad, como tanteando algo que ya intuía.

Entonces, se lo tomará peor.

No había necesidad de disfrazarlo con optimismo vacío. No había razones para endulzarlo. Alba ya se lo había tomado mal y su madre... no tenía demasiadas expectativas con que su madre fuera a tomárselo mejor.

Volver a casa || Alexia PutellasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora