XXXIII

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22:00h

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22:00h

Xénia observó con molestia cómo Elena se alejaba de la escena. Habiéndole hecho el favor de acompañarla al evento, lo menos que podría haber hecho es invitarla a acompañarla a lo que fuera a hacer en aquel momento.

A su derecha, Ana María Crnogorčević daba un trago a su copa tranquilamente, como si no acabara de quedarse a solas con una persona que odiaba profundamente. Xénia alzó una ceja. Tampoco había actuado como tal hacía unos segundos y su única diversión en aquella noche parecía estar en buscarse problemas con la suiza.

—¿Te has cansado de ser insufrible con nosotras o qué? —Le preguntó, divertida.

Xénia dio un paso hacia la barra y vio satisfecha cómo la rubia la seguía, dispuesta a continuar con su conversación. Le gustó.

—Hice lo que pude —Se encogió de hombros—. Me metí cuando pensé que Ale necesitaba mi ayuda, pero creo que está lo suficientemente entera y tiene los años para tomar sus propias decisiones. Por mucho que sean las equivocadas.

—Venga ya —La asturiana la miró con diversión.

Ana Mari escondió la sonrisa detrás del vaso de ron con cola.

—Es verdad —insistió—. No es nada personal. Ejercí de amiga cuando consideré que hacía falta porque veía en ella una vulnerabilidad muy grande. Alexia lo pasó muy mal y mi deber como amiga era alejarla de la fuente del problema. Estoy segura de que hubieras hecho lo mismo.

Xénia meditó por unos segundos para luego asentir.

—Probablemente.

—Sigo sin estar de acuerdo con que esté aquí, pero creo que ya he rozado la línea —explicó—. Cuando me presenté en la reunión de Madrid vi una Alexia muy entera, que puso límites claros. Eso está bien —apuntó—. Pero sigo sin entender lo que pretende Elena con todo esto y no me gusta.

Xénia, que escuchaba atentamente, aceptó echar un trago a la bebida que la suiza le ofrecía.

—Si te soy completamente sincera... —Ana Mari sonrió, sabiendo con aquellas palabras que Xénia había aceptado la tregua—. A mí también me dejó colgada cuando se marchó con David. Nunca lo entendí del todo. No sé si tenía vergüenza de su decisión o si era otra cosa—Buscaba con los ojos, perdidos al final de su campo de visión, los recuerdos que tenía todavía guardados—. Ni siquiera sabía que tenían una hija.

—Ni que se llamaba Alexia, supongo —rió amargamente.

—¡Ya! —exclamó la asturiana, golpeando el brazo de la rubia—. Como amiga se me está haciendo cuesta arriba defenderla como si tuviera idea de lo que está haciendo.

Mientras las dos se reían, un camarero alto acercó una de las bandejas a ellas.

Xénia se encogió de hombros mirando en dirección a Ana, que sostenía ya un vaso vacío y tomó una de las copas que el chico ofrecía. La suiza hizo lo mismo.

Volver a casa || Alexia PutellasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora