Alessia.
Si alguien me hubiese dicho hace varios meses, cuando llegué a este lugar, que la tranquilidad haría parte de mi vida, me habría reído y llorado al mismo tiempo. Mucho más si entre aquellas palabras hubiese estado la posibilidad de que Salvatore me mirara de otra forma que no fuese despectiva y llena de furia.
No de la forma en que me observa justo ahora, queriendo traspasarme con esos ojos que me hacen temblar incluso en la distancia mientras permanece reclinado en la puerta del baño de su habitación con la mirada fija en mí, que me encuentro sentada en su cama.
—Una fotografía te dura más —bromeo, sintiéndome a gusto. Lejos de incomodarme su escrutinio, me da calidez y protección, o al menos así se siente—. Puedo tomar una para ti —me río al ver que no se mueve.
Cesare ladra desde su lugar en el diván, queriendo mi atención. Su dueño eleva una ceja, pero me es imposible descifrar la manera en que su postura hace juego con su cara de póker, relajado, pero parece atormentado al mismo tiempo. No pregunto, solo permito que mis dedos se pierdan en el abundante pelaje del Terranova que reclina la cabeza entre sus patas delanteras, paciente y cómodo.
—Quien diría que saldrías tan traicionero, Cesare. —La voz de Salvatore retumba en las paredes haciendo eco en la habitación, pero el animal ni atiende a las palabras, tan a gusto que no le importa más que aferrarse al juguete que le compré hace meses.
—¿Te tengo que recordar quien me trajo aquí, a tu habitación? —recrimino sin contener la sonrisa que se desliza entre mis labios al percatarme que él contiene la suya—. Debería bajar, le dije a Julia que la acompañaría a hacer las compras.
Salvatore hace una mueca, como en cada ocasión en la que menciono el trabajo. A regañadientes ha permitido que vaya al club, no que me importe, pero tengo a Sandro pegado como una garrapata y sé que es solo para que ceda, pero no lo haré.
Me gusta mi trabajo, y no quiero dejarlo. Ya me acostumbré a las chicas y, si dejo de lado el hecho de que los hombres en el pasado trataban de coquetear demasiado, es una buena distracción en la que gano dinero.
—¿Por qué te molesta tanto que trabaje? Aquí o en el club —lo cuestiono, poniéndome de pie.
Levantarme es un error porque solo tengo una blusa de tirantes puesta y mi sexo solo lo cubren mis bragas de algodón negras. Salvatore deja caer la mirada con una sonrisa agobiante porque no me presta la más mínima atención.
Me apresuro a llegar a su lado de tal forma que mi rostro frente a él interrumpe su análisis inapropiado a mi ropa interior. Inhala profundo, enmarcándome el cuello con las manos, al igual que cada vez que estamos cerca, como si fuese un fiel collar que quiere verme puesto.
La posesión con la que se aferra a mi piel, sin llegar a lastimarme, hace que le brillen los ojos mientras enfoca toda su atención en mí.
—No quiero que trabajes, no allí y no sirviendo la comida a mi gente, Alessia. No sé si se te ha olvidado, pero las únicas mujeres aquí son Beatrice, Julia y tú —sisea entre dientes. Su recordatorio es innecesario porque claro que lo sé, y no le veo el maldito problema—. Eres hermosa, ellos unos bastardos mirones y no quiero matarlos por mucho que las ganas me asalten solo por pensar que pueden apreciar lo que solo yo debo mirar.
—Eso suena como un maldito hombre de las cavernas y...
Suelta una carcajada baja, brusca y llena de malicia que me hace cortar las palabras.
—Soy un maldito hombre de las cavernas, Alessia. No quiero a otros hombres cerca de ti y el bar, de no ser por Sandro, estaría lleno de bastardos muertos que se te acercan.
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SALVATORE [+21]
RomansaAunque huyan, no llegarán muy lejos. Aunque se escondan, siempre los encontrarán. Y aunque recen, no habrá un lugar en el cielo para ellos. Porque no hay redención para aquellos que han nacido en el pecado incluso si nunca quisieron ser parte de est...
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