Capitulo 12...

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No puedo creer todo lo ocurrido anoche. Clara llegó a mi casa muy temprano para saber cómo estoy y contarme todo lo que lo que pasó, me regañó como a una chiquilla de cinco años y no es para menos, estoy avergonzada de mi comportamiento. Lo peor es que son pocos los recuerdos que tengo de lo sucedido.

Cuando se fue, bajé a la cocina por algo de comer, miro el reloj que apunta a las once de la mañana y mi estómago reclama comida, para rematar, este dolor de cabeza que no quiere desaparecer.

—Bertha, ¿me consigues una pastilla para el dolor de cabeza? Creo que me va a explotar —me quejo.

«Te lo tienes merecido», hace ver mi consciencia.

«En eso te doy la razón».

—Enseguida lo hago. ¿No quiere que le sirva primero algo de comer? —Sé que muere por saber lo sucedido anoche, al menos mi versión de los hecho, porque estoy segura que Clara la puso al tanto.

—No, yo lo haré... Solo consígueme esas pastillas. Por favor.

Sirvo un poco de sopa en un plato mientras ella va en busca de la pastilla que pedí.

—Buenos días —hablan a mis espaldas. Su voz, la voz de Edward, pero, ¿qué hace aquí? Hoy es su día libre. Hago memoria

—Buenos días —saludo girándome para observarlo—. ¿Qué haces aquí? —pregunto sin rodeos—. Es tu día libre. —Le hago ver.

—Quería saber cómo se encuentra después de lo de sucedido anoche. —Se muestra algo cohibido.

—Bien, gracias. Agradezco mucho que hayas ido a buscarme, si no hubiera sido por ti, no sé...

—No vale la pena recordar eso. —Me hace ver—. Además, no tiene por qué agradecerme nada, sin duda lo volvería hacer.

Antes de poder responderle a Edward, Bertha entra a la cocina y detiene nuestra conversación.

—Edward, mi niño, ¿cómo estás? —saluda—. ¿No es hoy tu día libre? —Eso le digo yo.

—Lo es —afirma—. Pasé a saludar, y saber cómo está la señora. —Bertha asiente conforme.

—Según me contó la señora Clara, no recuerda mucho de lo sucedido —comenta como si no me encontrara sentada cerca de ellos.

—¡Es lamentable! —exclama, su vista se pierde en un punto fijo por un lapso.

—Prefiero que sea así —responde e ignora el aturdimiento de Edward—. ¿Te sirvo algo para tomar o comer? —Me limito a verlos interactuar sin dejar de comer mi sopa.

—Bertha, ¿conseguiste las pastilla que te pedí? —cuestiono al notar que hace unos minutos que entró a la cocina y no me ha entregado nada.

—No, mi señora, se han terminado. Aprovecharé que Edward se encuentra acá para no dejarla sola e ir a la farmacia.

—Si gustas, te puedo llevar, Bertha —se ofrece.

—Claro que no, hoy tú no trabajas. —Lo mira ofendida.

— No tengo problema con eso —insiste.

—Lo sé, mi niño, pero quiero que cuides a mi señora en lo que vuelvo, además, he llamado un taxi. Nos vemos en un rato —se despide.

El silencio se apodera de la cocina, es cuando caigo en cuenta de que Edward y yo nos hemos quedado solo.

Mi estómago se cierra, me impide seguir ingiriendo mi comida. Los nervios se hacen presente en mi cuerpo y verlo a él pasearse de un lado a otro para halar su cabello en el proceso, no ayuda en nada.

—¿Pasa algo? —Me animo a preguntar al ver su acción.

—No.

Después de lo que para mí es una eternidad de un silencio incómodo, él decide hablar.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Ya la estás haciendo. —Intento bromear, mas no funciona, me observa con expresión seria—. Está bien, pregunta.

—Es que... —Se detiene—. Yo... ¿De verdad no recuerda qué pasó anoche? —suelta de manera apresurada.

—No —contesto con la misma brevedad que él. Mi ceño se frunce al no comprender nada—. No me digas que hice algo que me dejará en ridículo. —Me alarmo. Guarda silencio por un momento y después se dispone a continuar:

—Anoche cuando la traje a casa, usted se quedó dormida en el auto... Tuve que cargarla hasta su habitación. —Mi boca se abre ante la sorpresa—. Y... usted... usted me preguntó...

—¿Qué te pregunté, Edward? —animo al ver que se ha quedado callado.

—Usted me dijo... —Vuelve a callar. Se pasea una vez más de arriba hacia abajo en el lugar que se encuentra.

—¡Por Dios, Edward! ¿Qué fue lo que le pregunté? —exclamo nerviosa.

—Que si quería ser su amante. —Sus ojos se tornan oscuro, no los aparta de mí, yo lo miro petrificada en mi lugar.

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